LUIS's profileÁNGELES Y DEMONIOSPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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October 21 ¿Hay alguien ahí...?Hola ciber-friends, ¿cómo estáis? espero que lo mejor posible, yo sigo igual, con mis dos pies incluidos, pensando la que será mi próxima chorrada espacial, y la verdad es que tengo tantas cosas que contar que no sé por donde empezar… Hay algo que se me pasa por la cabeza muchísimas veces, el aspecto de la persona que está al otro lado de la pantalla. Bien es verdad que muchos de vosotros habéis puesto fotografías en vuestros álbumes o en alguna entrada, pero hay un gran número que guarda a buen recaudo su intimidad, cosa que comprendo perfectamente, es algo legítimo y muy privado ¿no? Y yo soy de esos, nadie, excepto mi vasquito preferido, Koldo, y mi murciana favorita, Ana, han visto el careto al poseedor del enfermo cerebro que escribe esa “jartá” de tonterías en estos espacios de Dios… bueno, más bien de Microsoft, que viene a ser lo mismo en lo que a informática se refiere… ¿Seré un patético cuarentón con una incipiente calva incluida? ¿Tendré el mismo atractivo que Harrison Ford con su pendiente o me quedará como a un Cristo dos pistolas? ¿parecerá mi barriga un air-bag? ¿Y si mis ojos miran a la vez al este y al oeste? pero por el contrario… puedo ser la hostia de guapo y conservo mi anonimato para evitar oleadas de mujeres en la puerta de mi casa deseosas de tocar y besar a tan perfecto espécimen de macho ibérico… Aynnnssss… que misterio… os daré algunas pistas “pa” ir haciendo boca. Mido más o menos 1,80 (dependiendo de los tacones que lleve), en mi nariz caben dos gafas, aunque para no llevar peso me gradué las de sol, mi constitución es atlética (pero se quedó en eso… en constitución), peso unos 90 kilos repartidos entre músculos, fibra y grasa (no diré la proporción de cada cosa, aunque los músculos los tengo todos ¡¡¡lo juro!!!), mi pelo es rubio oscuro y solía llevar un ondulado flequillo que si lo estiraba me llegaba a la barbilla (en los años 80), ahora soy como un coche deportivo… muy aerodinámico, cuando corro (rara vez, a no ser que alguien me persiga), las despejadas líneas de mi frente junto con mi nariz, cortan el viento como la proa de un catamarán corta las olas del mar y, para finalizar, os diré que mi varonil torso está cubierto de una frondosa capa de pelo, lo que me identifica, junto a mi incipiente barriguilla, como un auténtico “macho hispánico” cuando exhibo mi carrocería en playas o piscinas (lo malo es que cuando salgo del agua parezco un gato “mojao”), de hecho estoy pensando en comprarme un tanga para lucir mis redondeados glúteos, tan agradables de acariciar como el lomo de un visón (por el pelo que los cubre… claro). Bueno, creo que os podéis hacer una idea de lo generosa que ha sido la madre naturaleza conmigo, que se le va a hacer, unos nacen con estrella y otros estrellados… En fin, creo que ha llegado el momento de salir del anonimato (pensabais que iba a decir armario ¿eh?) y compartir con todos vosotros la preciosa imagen que contemplo, embelesado, todos los días en el espejo…
¡¡¡ESO DE AHÍ ABAJO SOY YO!!!
"Arretratao by: Koldo"
Fdo.: Luis Gómez
October 11 Odisea en el Metro... El desenlace
Hola, majetes, lo prometido es deuda, tal y como dije, hoy jueves, sabréis si muero o no...
Bien, nos habíamos quedado en que estaba sentado en una silla en medio de una concurridísima estación de metro de Madrid… El hombre de la taquilla se dirigió a mí para ver si podía hacer algo y para saber que me había ocurrido, “nada, no se preocupe, que me he torcido un tobillo esta mañana y del dolor que tengo ahora me he mareado, nada más”, le conté, “ah, bueno, si quiere poner una denuncia al Metro está en su derecho, le saco un parte y lo rellena”, me dijo sorprendentemente, yo hubiera preferido que me dijera que si quería llamaba a un médico pero… en fin, el caso es que se lo propuse yo, y el hombre, en el acto, eso sí, se metió en la cabina y llamó al SAMUR. Unos minutos después, se acercó un guardia de seguridad para ver que pasaba y el taquillero le explicó lo de mi tobillo y mi mareo, y allí se quedó conmigo, cuan escolta, junto a mi querida e incómoda silla, la cosa se animaba, como no llama la atención lo suficiente un tío con pinta de ejecutivo sentado solo en una silla con la cara blanca, se me queda el tío enorme ese a mi lado como si fuera a ingresarme en prisión… ¡¡¡lo ideal pa pasar desapercibido!!! ¿Recordáis que en el vagón mi deseo era llegar a esta estación para que un compañero pudiera reconocer mi cadáver? pues efectivamente, el primero de ellos apareció por la escalera y, claro, se fijó en un tío que había sentado en una silla con un maromo al lado… según se fue acercando se iba dando cuenta de que la cara de ese no muerto (Nosferatu) le sonaba un huevo… “¡¡¡hostias, Luis!!! ¿qué te ha pasado? ¡¡¡estás verde!!!”, me dijo entre asustado y descojonado; “estupendo, ahora estoy verde como Shrek, pasó mi etapa Nosferatu”, pensé… y comencé a contarle mi desafortunada experiencia, lo del tobillo y lo del mareo, claro, no mis tétricos pensamientos… A los pocos minutos llegó otra compañera, que reconociendo a mi compañero se acercó a ver que estaba haciendo hablando con un tío trajeado sentado en una silla con un guardia enorme a su lado… “¿Qué te ha pasado, Luis? ¡¡¡estás pálido como un muerto!!!” me dijo tocándome la frente para ver si tenía fiebre (supongo que sería por eso y no para ver cuan ancha era). El caso es que yo estaba tiritando a la vez que sudando, aunque la verdad es que me encontraba mejor. Mi querida compañera, al verme tiritar y sudar, me tapó con su abrigo, amablemente, y se fue a comprar una lata de Coca Cola para ver si recuperaba el resuello, lo que le agradecí de corazón, lo malo es que el abriguito que me puso encima a modo de chal… ¡¡¡ERA DE UN FUCSIA QUE LLORABAN LOS OJOS, COÑO!!!, y para colmo era como de angorina o algo así, parecía un pom-pom gigante ¡¡¡qué espectáculo!!! Por fin me llegó el refresco, que me sentó de vicio, y en ese momento llegaron los aguerridos muchachos del SAMUR, me tomaron la tensión, ya recuperada, y me dijeron que me ayudarían a salir a la calle para llevarme al hospital en la ambulancia. Total que, al primer compañero que me encontró, le nombré guardia custodio de mi zapato mientras me llevaban en volandas el del SAMUR y el guardia de seguridad, jodido momento, porque uno era bastante más alto que el otro, pero bueno, alcancé sano y salvo la calle, Coca Cola en mano, con mi abrigo fucsia y un tío detrás con un zapato en la mano, escena que ni a Alex de la Iglesia se le hubiera ocurrido. Me metieron en la ambulancia y me senté en la camilla, donde me pusieron hielo, pero al echarme hacia atrás, pensando que la ambulancia era más grande, me pegué una hostia con una estantería o yo que sé qué, cayéndome encima un montón de gasas, tubos y demás parafernalia “samuriana”; los tíos se asustaron de lo que sonó, pero sólo fue eso, ruido, menos mal que no me escalabré también. Mi compañero me devolvió el zapato y me dijo que diría en la oficina lo que había pasado para que lo supieran y no se preocuparan. La ambulancia paró en urgencias y, al abrir la puerta de la ambulancia me dice el tío, “ya puedes bajar”, y le respondo temeroso… “¿pero como voy a bajar si no puedo mover la pierna, coño?”, “ah, claro, ahora le ayudamos”, me dijo Einstein acercándose a mí con su compañero de escudero (sólo miraba), me apoyé en su hombro y me senté en una silla de ruedas que por su aspecto se diría que había corrido el París-Dakar. Una vez dentro me acercaron a admisión de urgencias y dejé mis datos, tras lo que saqué mi móvil y, justo cuando iba a llamar a mi mujer me increpó la enfermera, “aquí no se puede usar el móvil, señor”, “ya, ya, pero es que tengo que llamar a mi mujer para que sepa que estoy aquí”, le respondí son una sonrisa made in comercial, “si, pero es que no se puede usar porque puede interferir en los aparatos”, me volvió a insistir la enfermera, después de una fugaz mirada a mi bragueta para ver si efectivamente mi aparato se sentía interferido, le respondí de nuevo, esta vez sin sonrisa alguna, “mire, tengo que llamar a mi mujer para que sepa que estoy en el hospital, y punto, son dos minutos”. Llamé a su teléfono directo, pero con tan mala suerte que en ese momento no estaba en su despacho, así que le dije a una compañera que por favor intentara localizarla y que me llamara al móvil lo antes posible, que era importante; un minuto más o menos después me llamó… “hola, que me han dicho que te llame al móvil, ¿qué pasa?”, claro, me llamó con la seguridad de que algo había ocurrido porque en la vida digo a nadie de su trabajo que la localice y me llame lo antes posible porque es importante, “hola, vida”, le dije rápidamente, “no te preocupes que no pasa nada”, frase esta que provoca automáticamente el efecto contrario al receptor de la misma, curioso, “mira, estoy en el hospital porque me he torcido un tobillo y me he hecho polvo, pero me van a mirar ahora y ya está, ¿vale?, así que no te preocupes que no es nada importante, estoy en el hospital de La Princesa, en Diego de León”, le comenté en un tono tranquilizador, “vale, bueno, cojo un taxi y voy para allá, ¿pero estás bien?”, preguntó preocupada, “que siiiii, que no pasa naaada, que sólo me he jodido un pie, nada más, oye, que tengo que colgar que la enfermera esa va a venir con un bisturí o algo… un besito, ahora nos vemos”, y nos despedimos. Lógicamente no le conté mi experiencia mística en la que creí ir hacia la luz, porque entonces aparece en el hospital en helicóptero, jajaja… El caso es que no hago más que colgar a mi mujer cuando suena el teléfono, miré a la enfermera con cara de “no te doy pena que me duele mucho” y vi que era de mi oficina, “¿diga?” respondí temeroso, no de Dios, sino de la enfermera, “hostia tío, ¿cómo estás? ¿qué te ha pasado?” era mi compañero Miguel Ángel, con el que aún hoy día conservo una buena amistad, “hola chaval, nada, jodé, que me he torcido un tobillo y me he mareado en el metro del dolor, ahora me lo van a mirar”, le conté con un tono tranquilizador, “¿cómo que un tobillo, tío? si nos ha dicho Fernando (ángel custodio del zapato) que no sabía si te había dado un infarto o no sé que hostias, que se te había paralizado una pierna y te habías caído por las escaleras…” me respondió asustado el pobre… “¡QUE ME HA DADO UN INFARTOOOO? ¡¡¡PERO QUE COÑO ME ESTÁS CONTANDO, TÍO, ESTE FERNANDO ES GILIPOLLAS!!!”, rebuzné casi levantándome de la silla… “sí, jodé, sí, pero si estoy intentando localizar a tu mujer desde que me lo ha dicho este imbécil para ver si sabía algo”, respondió indignado, “no, no, ni se te ocurra que ya he hablado con ella y viene hacia aquí… oye, que luego te llamo, tengo que colgar, hasta luego”. Al ratito llegó mi mujer y le conté mi aventura desde el puto estornudo de aquella señora hasta ese momento… más o menos… sin misticismos jajaja… Tuve suerte porque en unos minutos me llamaron para hacerme las radiografías y poco después me llevaron a la consulta del doctor con los resultados, tal y como me imaginaba por la hinchazón y el dolor, era un esguince; quince días de reposo y “sacabó”. El doctor me vendó el pié, me dio un par de recetas de anti-inflamatorios y analgésicos y se despidió amablemente deseándome una pronta recuperación, abrió la puerta y se fue… El caso es que pasaban los minutos y… yo allí solo, con cara de gilipollas porque no sabía si tenía que salir ya de la consulta o vendría una enfermera a traerme la silla de ruedas que se había llevado al dejarme allí o… ¡¡¡ALGO!!! Por fin llegó una enfermera… “hola”, me dijo sin más… “eeemm… hola”, respondí dubitativo… “¿qué hace aquí? si ya le ha visto el doctor se puede ir a casa”, me informó la enfermera viendo mi cara de “despistao”, abrió la puerta y se fue también, así que, viendo que mi destino era morir allí de inanición, me levanté de la silla, perplejo, y sacando la cabeza por la puerta llamé a mi mujer, que estaba en la sala de espera, para que me trajera una silla de ruedas o algo para salir a la calle y pirarnos de allí de una puta vez. “¿Qué te han dejado ahí solo? ¡¡¡es que son la leche!!! espera aquí que voy a por una silla…”, me dijo mi amada “toa encabroná” y pasados unos segundos apareció con una silla de ruedas (que consiguió tras una dura pugna con la enfermera de recepción) que parecía que la había sacado de un desguace, me senté en ella y salimos por fin a la calle, donde pedimos un taxi y nos fuimos a casa, donde le narré mi apoteósica historia al completo… Hoy día se sigue descojonando cuando se acuerda… claro que… no me extraña… Fin.
Fdo. Luis Gómez (Alias Mónica Barranko) October 06 Odisea en el Metro
Hace varios años de esto, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Sé que os parecerá una historia un tanto rocambolesca, pero puedo aseguraros que me sucedió todo tal y como lo explico aquí. Un día cualquiera, de tantos, salí de mi casa y me dirigí al metro para ir a trabajar; como todos los días pasé mi abono-transporte por el torno y me encaminé por el pasillo de siempre a mi andén correspondiente de la línea circular. Para variar, iba adormilado y con la mente en blanco (porque yo tardo en despejarme un buen rato) y me situé en las escaleras mecánicas, como todos los días, pero mira tú por donde, el azar quiso que desde ese instante iba a ser un día diferente. En lugar de quedarme estático en las escaleras mecánicas para que me lleven ellas, que para eso se han inventado, tengo la costumbre de bajar además andando para ir más deprisa, y justo cuando estaba bajando, la señora a la que en ese momento estaba adelantando (por la izquierda, por supuesto) metió un estornudo que parecía que había expulsado al mismo Diablo, me dio un susto que te cagas e instintivamente la miré con los ojos de Homer Simpson y me aparté, dando un respingo, de ella, con tan mala suerte que al volver la vista al frente había perdido la referencia de los escalones y me torcí el tobillo, y tras interpretar una bonita e incoherente danza pseudo-tribal, recuperé la verticalidad y seguí como si tal cosa, altanero, impasible, con la mirada al frente, “tó digno”, ¡¡¡aunque el pie me dolía como su puta madre!!! El caso es que llegué a la oficina y, aunque tenía cierta molestia en el tobillo, no le di demasiada importancia, de hecho estuve trabajando sin problemas, aunque es verdad que esa mañana no me moví demasiado. Las horas pasaban y llegó la hora de comer. Cuando salí del edificio para volver al metro, comencé a sentir algo más que una molestia en el tobillo, con el tiempo se había ido enfriando y la torcedura comenzaba a revelarse. Llegué a casa sin problemas y comí como todos los días, tras lo cual, me tumbé en el sofá para intentar echar una cabezadita, pero el puñetero tobillo tenía ya vida propia y decidió que quería ser como el muñeco de Michelín. Yo al principio no me di cuenta de que se estaba hinchando, sólo sentía que el cabrón me estaba empezando a doler algo más que levemente. Al cabo de un ratillo, sin poder dormir ni un minuto, claro, me levanté del sofá y metí el pie en el zapato… ¡¡¡CAGONTÓ!!! ¡¡¡qué dolor!!!... pero como soy un cenutrio, pasé de todo y salí de nuevo a la calle para volver a la ofi. Según iba andando notaba cada vez más dolor, pero pensé que cuando se me fuera calentando dejaría de dolerme tanto, que acabaría el día más o menos molesto, pero nada más. Pues… no, nada más lejos de la realidad. Estando ya en el vagón del metro, comencé a sentirme realmente mal, notaba como se me iba la vista y la cabeza, y el jodío pie me dolía un huevo. Pasaban las estaciones y aquello empezó a ponerse francamente mal, estaba realmente mareado y notaba que me fallaban las piernas, comencé a sudar como un cerdo y notaba escalofríos por todo el cuerpo, comencé a ponerme nervioso y mi corazón palpitaba a toda leche, lo que provocó a su vez que empezara a respirar de forma extraña, como ahogándome. Ahí fue cuando me acojoné de verdad, me agarré a la barra del metro con todas mis fuerzas y, por casualidad, mi mirada se cruzó con mi mano… ¡¡¡blanca, la cabrona estaba blanca!!! En ese momento no sabía que coño me estaba pasando, me encontraba tan mal que no relacionaba mis síntomas con el terrible dolor que en ese momento me estaba provocando mi maltrecho tobillo, asustado por la blanca visión de mi mano, levanté las dos frente a mi cara para mirármelas y comprobé horrorizado que estaban de un blanco cerúleo que sólo había visto en los cadáveres de las películas, lo que me acojonó aún más y comencé a divagar… “cago en la hostia, ¿me estará dando un infarto?”, claro, la cosa no tenía pies ni cabeza, pero como en mi vida me había dado un mareo pues no sabía como era, además, como respiraba con esfuerzo, tenía taquicardia y veía que en cualquier momento me desplomaba pues… ¡¡¡infarto al canto!!! Imaginaos la situación, ahí estaba yo, con cara de Nosferatu, los ojos desorbitados mirándome las manos como si David Copperfield me hubiera hecho desaparecer una sandía y “tó trajeao”, apoyado en la puerta esperando como loco a que se abriera; me sentía como si estuviera metido en una burbuja y nadie pudiera verme, y mi cabeza comenzó a pensar gilipolleces… “jodé, ¿pero cómo voy a morir así, en un vagón de metro? ¡¡¡qué indigno y que triste!!!” jajajajajaaaa… os doy mi palabra que pensé en eso, jajaja, la mente es la hostia, toda mi obsesión era llegar a mi estación para que, si moría allí, algún compañero de trabajo me reconocería y podrían avisar a mi familia jajajaja… Por fin llegué y, cuando se abrió la puerta salí como alma que lleva el Diablo buscando como loco un lugar donde sentarme, parecía Frankestein, con los brazos extendidos y andando como un autómata jajaja… me senté en un banco del andén, bueno, me tiré en el banco y… despatarrado, triste y desconsolado esperé mi muerte… Ahora me descojono acordándome, pero os aseguro que lo pasé horrorosamente mal. Fueron pasando los minutos (nadie se acercó a ver si me pasaba algo, que humanidad hemos creado) y, poco a poco me fui tranquilizando, comencé a respirar normal y mi corazón recuperó su ritmo… “coño, pues no me muero…” así que, como pude, me dirigí a las taquillas de la estación para pedirle a los trabajadores del metro que me echaran una mano porque me seguía sintiendo como el culo. Al llegar arriba (joder, que profundo está el metro) fui cojeando y encorvado como Cuasimodo y, pegando la cara al cristal de la cabina del taquillero, le digo… “por favor, ayúdeme que me estoy mareando…” (apenas me salía la voz de lo “colgao” que estaba) “¿qué le pasa?” respondió medio acojonado el tío “que me encuentro muy mal, por favor, necesito sentarme”, le dije, empañando con mi aliento el cristal, “es que tenemos prohibida la entrada a las taquillas a quien no trabaje aquí…” yo alucinaba (nunca mejor dicho) y, noté como poco a poco me desvanecía. El pollo de la taquilla, al verse con un cadáver en el mostrador, salió con una silla y me ayudó a sentarme, dada la felina agilidad que mostraba en esos momentos. Y allí estaba yo, de color blanco roto (quién inventaría ese nombre…) sentado en el hall principal de una estación tan concurrida como Nuevos Ministerios, en todo el centro financiero de Madrid.
Continuará...
Fdo. Luis Gómez
(Alias Mónica Barranko)
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