LUIS's profileÁNGELES Y DEMONIOSPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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February 21 Aquella Nochevieja... (otra vez)Hola gente de detrás de la pantalla. Hace tiempo, concretamente el verano pasado, estuvimos mi moza y yo pasando unos días en Cantabria con Koldo, nuestro morrosko del alma. Allí, hablando un poco de todo, bueno, hablándolo todo yo, más bien... le conté una cosilla que me pasó de mozuelo en una fiesta de Nochevieja. El bueno de Koldo se partía el pecho con mi anécdota, no voy a decir que se partía el culo para no dar pistas, y me convenció para que, si lo escribía y se lo enviaba por e-mail, lo publicaba en su espacio. Total, que, ni corto ni perezoso, en cuanto llegué a Madrid, me puse manos a la obra e hice lo que me pidió.
A los pocos días, me llevé una agradable, a la vez que extraña sorpresa, al ver mi "aventura" en su espacio. He de decir, que yo no tenía aun el mío propio y no estaba por la labor de tenerlo, pasaba de todo esto de los blogs.
Recuerdo con gran satisfacción (como dice el Rey todas las Nochebuenas) el éxito que tuvo entre sus asíduos visitantes,infló mi ego, pa que negarlo, y fue entonces cuando decidí (tras darme la brasa día tras día mi mujer y él) abrir mi espacio.
Por desgracia, mi querido Koldo cerró hace algún tiempo ese rinconcito suyo (aunque tiene otro) y mi "desfloración espacial" se perdió para siempre... snif... snif...
Por eso, he decidido que ¡¡¡nunca mais!!! y hoy vuelvo a publicar esa historia, esta vez sin llamarme Mónica Barranko, como Koldo me bautizó, para que, los que me conocísteis más tarde, sepais con qué ridículo acontecimiento me di a conocer en el mundo cibernético.
Sé que para los que ya lo habéis leido, carece de interés, pero, jooooo... entendeeeedmeeee... es que no puedo permitir que se pierda en el olviiidooooo... ¡¡¡con lo que os habéis descojonao, puñeteros!!!
Y ahora, sin más preámbulos, os invito a leer a mi primogénito. Espero que os guste.
¡Qué bien lo pasamos todos en Nochevieja! Te encuentras con tus amigos con ganas de bailar y divertirte, da igual la hora a la que termines (ni el estado), el caso es comenzar el año a tope, cualquiera diría que va a ser la última fiesta de tu vida por la intensidad con que solemos vivirla ¿no? Pues bien, no todo es bailar y beber, en ocasiones suceden cosas de las que te acuerdas toda tu vida. Lo que vais a leer a continuación nos ocurrió a un amigo y a mí allá por los primeros años 80. Después de la consabida y obligada cenita familiar (esa en la que las madres preparan una mesa que solo verla se te quita el hambre de pensar que hay que comerse lo que sobre al día siguiente, si no te ahogas con una uva, claro), quedamos a la una para dirigirnos al local donde haríamos el fiestorro, que en esta ocasión era en el garaje de una casa. Según fuimos llegando todos los “colegas” nos íbamos deseando feliz año y bla bla bla, lo típico; lo típico hasta que llegó mi buen amigo (aún en la actualidad) Julio (le llamaré así para preservar su intimidad). Me fui hacia él para saludarle y bla bla bla… cuando, con mirada fría y rictus pétreo me aparta del grupo y me dice muy muy serio –tío, que putada- jodé, yo me quedé con la misma cara que ponen las vacas mirando al tren -¿qué pasa, tío?- respondí, (la palabra tío sustituye a cualquier nombre en nuestro idioma, como ya sabéis ¿no?) –pues que me he puesto morado en casa y… ya sabes, los aperitivos, el marisco y luego saca mi madre el cordero y claro, a mí ya no me entraba más, tío- y se queda callado unos segundos, -¿y?- pregunto yo como esperando el final de una peli de misterio, -pues que…- otros segundos de suspense… -¡ME ESTOY CAGANDO!- ¡hostia, tío, no me jodas!- dije mientras me descojonaba, claro -¡tú eres gilipollas!- le solté, haciendo gala de una comprensión acojonante, -¡hostia, tío, que me cago de verdad!- decía el pobre, -venga, Julio, no me jodas y vamos a ponernos hasta el culo, coño! (premonitoria frase, ya veréis). Total que, nos dirigimos al garaje y empezamos a beber y a bailar (o algo parecido) y el susodicho cagoncete me venía de vez en cuando, cada vez en intervalos más cortos de tiempo a decirme -¡ME CAGO, TÍO, ME CAGO!, ¡Diosss, tanto me lo dijo que al cabo de un rato comencé yo a sentir que iba a tener que soltar a los rehenes capturados en el plato de langostinos! Mis tripas comenzaron a imitar los efectos especiales de Alien, el 8º pasajero y pasados unos minutos me sentía realmente mal, tanto que ahora era yo el que le decía a Julio -¡TÍO, ME CAGO YO TAMBIÉN!-, -¡no jodas, tío!- espetó él, boquiabierto (y descojonado de la risa, cómo no), -¿y, qué hacemos?- los dos nos mirábamos como si hubiéramos descubierto un maletín lleno de dinero -¡pues cagar donde sea, tío! ¿qué vamos a hacer?- respondí yo muy seguro de mí mismo. Entretanto, la fiesta seguía y todo el mundo bailaba y se ponía morado (no de langostinos precisamente), aquello era una auténtica fiesta de Nochevieja, la que todos planeamos y la que normalmente disfrutamos. Todos pasándolo de vicio excepto dos almas cándidas que paseaban entre la gente con cara de zombis y el culo prieto, intentando salir del atolladero en el que se habían metido sin comerlo ni beberlo (aunque en este caso este dicho no es muy acertado ¿no?). He de añadir que en este garaje no había baño ni nada por el estilo, así que lo teníamos complicado a la hora de librarnos de nuestra pesada carga. De repente, a Julio se le encendió la bombilla –¡hostia, tío, nos vamos a la calle a cagar y nos limpiamos el culo con los adornos del techo!- Yo alucinaba, miraba con recelo aquellos adornos imaginándome lo que tenían que raspar a la hora de limpiarnos –vale, tío, ¿y cómo coño vamos a arrancarlos sin que nos vean?...- hubo un corto silencio y, sin mediar palabra, comenzamos a exagerar nuestros bailes saltando como chimpancés y así, entre salto y salto íbamos arrancando los adornos del techo del garaje y metiéndonoslos entre la ropa; al cabo de dos ó tres canciones parecíamos Papá Noel. Cuando pensamos que ya teníamos suficiente salimos a la calle. Para situaros en la escena del “crimen”, la colonia en la que estábamos era el típico lugar solitario por el que solo pasan los residentes ya que es un recinto cerrado y sus calles no llevan a ningún otro lugar. Tenía un parquecito y una especie de patatal al que la gente llamaba campo de fútbol, en el que los chavales soñaban con llegar a ser estrellas del deporte o simplemente se daban patadas con la excusa de que el balón pasaba por allí. Pues, como iba diciendo antes de esta “precisa” descripción del lugar, los dos “cagones” salimos de la fiesta con la esperanza de encontrar un lugar dónde poner fin a nuestros problemas y, ¡alabado sea Dios!, a lo lejos, junto a la acera, nuestro Ángel de la Guarda nos puso dos contenedores de basura en lo que parecía un apartado lugar, -¡Ese era el sitio!- pensé, era perfecto, con los coches aparcados delante nadie nos vería y como nadie iba a estar en el parque a esas horas pues… ¡A CAGAR!. Y hacia allí nos encaminamos, felices, triunfantes por haber encontrado por fin nuestro paraíso terrenal, aunque eso sí, lentamente y con las cachas prietas, nunca pensé que cuarenta metros se podrían hacer tan largos, cada paso que dábamos parecía que “aquello” empujaba más y más, sentíamos escalofríos, las gotas de sudor frío que caían por nuestra frente casi se convertían en escarcha debido al frío que hacía, ¡menos mal que no nos dió un golpe de tos! Afortunadamente llegamos sin contratiempos a nuestra deseada parcelita dispuestos a evacuar lo “evacuable”, nos pusimos detrás de los cubos de basura, nos desabrochamos los pantalones y cuando estábamos a punto de marcarnos dos “calvos”, se me ocurrió mirar hacia atrás “por si acaso” y entonces… ¡allí estaban!, justo en esa zona del parque había un banco y encima del mismo una parejita que estaba… mmm… conociéndose mejor ¿quién iba a pensar que iba a haber nadie a esas horas en un puñetero banco de un parque, joder? Pues lo había, ¡y con que cara nos miraban los pobrecillos!, lo que daría por saber lo que estaban pensando en ese momento, ¡de traca! Cogí a Julio por el cogote y le levanté antes de que se bajara los calzoncillos -¡Tío, tío, que nos están viendo! Y salimos de allí corriendo como alma que lleva el Diablo, eso si, partiéndonos de risa. Presos del pánico por el susto de ver a esos mirando y temiendo ser víctimas de una “explosión fecal” aparecimos en el “supuesto” campo de fútbol de la colonia y entonces Julio dio con la solución a nuestros problemas, lo haríamos junto a una de las bandas (cagar, ¿eh?), había unos árboles a lo largo de esta que la convertía en el sitio perfecto, además detrás no había nada excepto una verja muy alta y más allá la carretera de Valencia ¡El sitio perfecto! Y por fin comenzamos a hacer lo que tanto deseábamos, os podéis imaginar el cachondeo que teníamos encima, y más aún cuando nos dimos cuenta que el frío de la noche hacía que el calor de nuestros zurullos provocaba unos vahos que aquello parecía el Londres de la época Victoriana; pero lo mejor de todo es que, para rematar la faena, por allí circulaban los coches que salían de la carretera para coger la M-30 y nos iluminaban los culos cada vez que pasaban. En fin, amiguetes, esto es lo que me pasó aquel uno de enero, sé que parece un cuento chino pero os aseguro que es totalmente verídico. Así que ya sabéis, cuando salgáis de fiesta en Nochevieja sed buenos y… ¡NO LA CAGUÉIS!
Fdo. Luis Gómez February 14 Caminar es muy sano... dicen.
¿Qué hay de nuevo, fermosos? Si, ya sé que hace algún tiempo que no le doy a la tecla, pero es que llevo una temporada en el curro que no doy abasto, joé, me duele todo el cuerpo… ¡¡¡y qué cuerpo…!!! jajaja… pero esta mañana, escuchando la radio mientras trabajaba, ha salido un tipo hablando del campo, de lo bonito que es y de lo bien que se está y blá, blá, blá… que digo yo que dependerá del campo, porque hay campos y campos, está el camposanto, que tranquilo es, pa que negarlo, pero no me veo yo con la tortilla de patatas, también hay campos de minas, que cuando te relajas es al salir de él, lo malo es que si no sales vas directo al camposanto… sin tortilla, eso sí. En fin, que se me va la olla… Bueno, el caso es que soy más de ciudad que los semáforos. ¿Y qué le voy a hacer? nadie en mi familia ha nacido fuera de la ciudad, yo no tengo un pueblo con campo alrededor donde ir los fines de semana como mucha gente, en mi familia se llevaba lo de ir de domingueros. Y debe ser por eso que a mí no me gusta demasiado el rollo naturaleza. No es que lo odie ni nada por el estilo, me gusta, pero para un ratito, oiga, y si por un casual hay que pasar un fin de semana entero, ¡¡¡benditos hoteles!!! a mí no me veis en un camping ni en foto, antes me encontraríais en una iglesia… ¿pero qué es eso de dormir protegido únicamente por un trozo de tela?, ¡¡¡venga hombre!!! eso está muy bien para los alpinistas, y porque no les queda más cojones, pero “envasarse” ahí dentro por gusto habiendo civilización cerca… que va a ser que no. Reconozco que se está muy bien y es muy sano… o más bien debería decir presuntamente sano, porque ojo, ya me diréis qué tiene de saludable pegarse una caminata de cinco horas con una mochila pegada a la espalda, no me jodas. Y hablando de caminatas… ¡¡¡Diossss, no se me olvidará nunca!!!, y ya hace bastantes años. Fue el año que fuimos a Asturias y decidimos hacer la ruta del río Cares. El recorrido de este desfiladero, llamado por muchos autores: “La Garganta Divina”, une Asturias con León atravesando las profundidades de los Picos de Europa, cuyas cimas nos contemplan desde más de 2000 metros por encima, y se disfruta de las preciosas vistas que nos ofrecen las cristalinas aguas del río Cares y los canales que se precipitan vertiginosamente desde las alturas hasta sus aguas… ¡¡¡LOS COJONES!!! lo que se precipita eres tú si no andas con ojo. En mi vida he estado tan cerca de ver mi propio corazón saliéndome por la boca, qué manera bombear sangre, coño. Y el caso es que fui con la mayor de las ilusiones, estaba deseando ver esa maravillosa ruta para disfrutar de la paz y la belleza de la madre naturaleza, y os aseguro que me acordé de su madre, ¡¡¡vaya si me acordé!!! Para empezar, aquello está más concurrido que Times Square, vas en fila india, y ojito con adelantar sin mirar, porque como te venga el de la mountain bike de frente, acabas disfrutando de las cristalinas aguas esas (después de tirarte diez minutos rebotando entre las rocas). Para ser sincero tengo que deciros que es una excursión muy bonita, pero claro, para un ceporro como yo que coge el coche hasta para ir a por el pan pues… me desfondé… me desfondé na más empezar, que es lo patético. La cosa está en que, antes de comenzar a recorrer la ruta de marras, tienes que llegar a ella, y no es bajarse del coche y empezar a ver acantilados, nooo…, para llegar hay que subir un sinfín de interminables cuestas, cuestas estas que están alfombradas por una capa de resbaladizas piedrecitas… que digo yo que ya las podrían barrer algún día, joder, allí no hay quien ande. Y además, si vas todo el camino rodeado de unos peñascos grandes como vacas, ¿qué hacen ahí tantas piedrecitas, son sus hijas? En fin, el caso es que lo de resbaladizas lo digo por algo, recordáis lo de las tres caídas de Cristo ¿no?, pues me debía sentir místico aquél día, porque me pegué tres hostias como tres panes de hogaza, coño. Y eso de que el culo está blandito… leyendas urbanas, ¡¡¡te clavas las piedras hasta el mismísimo coxis!!! Aunque lo peor es la carita de cachondeo con la que te miran los que te pasan… porque pasan… pero de tí, siguen de largo como si tal cosa, pero volviendo la cabeza para mirarte, con esa inconfundible sonrisilla en los labios , los muy cabrones… Bueno, íbamos subiendo aquellas laaaargas cuestas, no hacías más que terminar una cuando comenzaba la siguiente, y yo cada vez más asfixiado, y con el tío ese del bombo que escuchaba a lo lejos y que me tenía de los nervios… y venga a subir una y otra vez… cada dos por tres preguntaba lo mismo, como los niños en un viaje largo, “¿falta mucho? ¿pero dónde está la puta ruta esa, en el Everest?”, yo es que ya no podía ni mover las piernas, y cada vez más mosqueado con el del bombo… pero que bombo ni que hostias… ¡¡¡era mi corazón!!! Tras… no sé cuanto tiempo, llegamos por fin a la ruta, no puedo deciros cómo fue mi primera impresión porque mi vista estaba nublada, así que… Algunos de vosotros recordaréis mi “odisea en el Metro” ¿verdad?, pues bien, desde aquél fatídico día mi pie izquierdo nunca volvió a ser el mismo, y, andados algunos kilómetros, comenzó a resentirse de la lesión, por lo que, en un acto reflejo para protegerlo, comencé a cargar mi pie derecho sin darme cuenta, ¡¡¡ERROR!!! Diez kilómetros después de comenzar la ruta, llegamos al final de la primera parte de la misma, todo era precioso, un idílico valle rodeado de montañas, el río estaba allí, efectivamente, con sus cristalinas aguas, el brillo de los rayos del Sol reflejándose en ellas, los pajarillos, los bocatas que nos íbamos a meter entre pecho y espalda, mis ampollas… Pasamos bastante tiempo tirados en la hierba disfrutando de nuestro merecido descanso. Pero llegó el momento de regresar porque nos quedaba la mitad del recorrido y no era plan de esperar demasiado, que luego atardecía y… Rocío ,y un amigo que iba con nosotros, se levantaron tan contentos, vamos, que parecía que acababan de llegar. Entonces, fui a levantarme yo, el Rambo de los Picos de Europa, y… ¡¡¡hossstia… cómo me duele la pierna!!! -¿qué te pasa?- (preguntaron al ver mi cara de “llamad al SAMUR”), - no, nada, que me duele un poco la pierna- ¿es el pie que te torciste?- no, es la otra pierna… entera, debe ser que me he ido apoyando en ella para no cargar el otro pie… pero vamos, que en cuanto empiece a andar se me pasa, ahora está fría… (como se iba a quedar mi cadáver si me quedaba allí, pensé). Y emprendimos el camino de vuelta, otros diez kilometrillos de nada, y la pierna que cada vez me dolía más… ¡¡¡parad, parad!!! ¿qué pasa, te duele?, que si me dolía… su puta madre, y la cadera, y la espalda… cada vez iba cogiendo posturas más extrañas para caminar y, claro, al final andaba como Cuasimodo. Descansaba un ratito, y seguía andando, descansaba, seguía, descansaba… y así estuve hasta el final del camino. Lo malo es que cada vez íbamos más despacio, ¡¡¡jodé, pero si hasta me pasó un tío que iba con chanclas!!! Rocío y el otro andarín, comenzaron a preocuparse de verdad, cada vez me era más doloroso andar, de hecho, pasó un tío con un burro y los tres tuvimos el mismo pensamiento “lo paro y le preguntamos que si puede cargar con otro fardo”, pero, ayssss… no lo hicimos y dejamos pasar la oportunidad… La tarde iba cayendo y yo cada vez me iba acojonando más, “seguro que aquí hay lobos -pensé”. Pero por lo visto no era el único que estaba hasta los huevos de tanta montañita y tanta hostia, nos cruzamos con una pareja que tenía una hija pequeña. La pobre estaba agotada (también hace falta ser gilipollas, llevar a una niña tan pequeña a algo así) y su padre, que la llevaba en brazos, intentaba distraerla para que se le hiciera más corta la vuelta y, mirando hacia las montañas le dijo, “oooh, mira que cabrita más bonita hay allí, se debe haber perdido y está nerviosa, por eso llama a sus papás”, a lo que la madre, acercándose a él, con la mirada inyectada en sangre, le dijo a escasos centímetros… “yo sí que estoy nerviosa”, emmm… y allí les dejamos, nunca supimos si ese fin de semana cayó un hombre por los acantilados… Y por fin, después de una interminable agonía, llegamos al final, Rocío y nuestro acompañante se fueron a por el coche, dejándome a mí esperando sentado en una roca, junto a la cuneta, pero no iba a irme sin darme una última hostia de despedida, y además por querer ser un buen samaritano, “señora, tenga cuidado con estas rocas que resb… ¡¡¡BLOM!!!... Luis al suelo… Y eso fue lo último que vi de la ruta del río Cares… ¡¡¡las estrellas!!! Fin.
Fdo. Luis Gómez |
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