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    July 21

    Los Rodríguez.

    Hola, gente de Windows Live, aquí estoy otra vez dándoos la brasa para variar, que para eso tengo el espacio.

    Supongo que daréis por hecho que voy a hablar del grupo Los Rodríguez ¿no?, pues no, a pesar de tener un cd de éxitos de ellos, me importan un huevo. Lo que os quiero contar es que estoy “de Rodríguez”, como se suele decir. Siempre me he preguntado de dónde viene esa frase, ¿vosotros, no?. Pues bien, la frase en cuestión comenzó a usarse en los sesenta y setenta por aquello del boom vacacional que provocaba a veces que los “hombres de la casa” se quedaran currando mientras “su señora e hijos” seguían disfrutando de unos días de ocio, quedándose este solo en casa. Lo de llamarle Rodríguez se basa en lo común del apellido, etiquetado como de oficinista o funcionario. Con el tiempo, y con la mala leche y sarcasmo que caracteriza a nuestro humor patrio, también se les conocía con el apelativo de “Putiérrez”. No obstante, de los ochenta en adelante la expresión quedó algo obsoleta y anticuada.

    Pero en homenaje a la década que me vio nacer, los sesenta, me consideraré un Rodríguez cualquiera.

    Ya sabíais por la entrada anterior, que esta semana teníamos pensado pasarnos por “la sierra”, pero mi moza ha decidido irse a la playa con su hermana aprovechando que iba a pasar allí unos días con sus padres antes de empezar a trabajar, que ya ni se debe acordar cuándo fue el último día que curró, que entre los días libres que acumula por no sé qué hostias, las vacaciones que le corresponden y el permiso de maternidad, no debe acordarse ni del camino del curro, coño. Pero bueno, mejor para ella que puede, es lo que tiene no trabajar en una empresa privada.

    Quizá os preguntéis que qué coño hago yo aquí si no estoy trabajando y puedo ir y venir cuando quiera, ¿no?. La respuesta es sencilla, mi concepto de relax es incompatible con su sobrinito y mis suegros, yo soy más de “calma total” y de “me quito el reloj y me lo pongo cuando volvamos a casa”, me explico ¿verdad?, pues eso. Además, que aunque yo quiero mucho a mi moza, la echo mucho de menos y todo eso, ¡unos días solito vienen de puta madre!, y quien diga lo contrario está mintiendo, a fin de cuentas, a todos nos viene muy bien estar con nosotros mismos alguna vez que otra.

    El caso es que, la imagen que tenemos de los “Rodríguez” es un tanto desastrosa. Afortunadamente, lo primero que se piensa de alguien cuando se queda en esta temporal situación no es que va a aprovechar su “libertad” para verse con su “querida” (palabra esta de generaciones anteriores que me hace mucha gracia). Lo que se suele pensar es que “va a estar diez días comiendo precocinados y dejando la casa como un patatal”, puesto que se da por hecho que el hombre (porque me refiero sólo a hombres) es absolutamente inútil con las tareas del hogar, desde pasar un aspirador hasta meter los platos sucios en el lavavajillas, ya no digo ponerlo a funcionar. Por muy moderna que se crea esta sociedad, los inútiles y los tópicos están ahí, y me temo que no se irán ni frotando con el Cillit Bang ese de los cojones. De verdad que compadezco a las “señoras” de estos elementos, porque la vuelta a casa debe ser como la vuelta al cole, una putada de cojones.

    En cambio, la joía de mi moza se va más tranquila que un maestro Zen. Sabe que la casa seguirá en perfecto estado y que, seguramente, el día que vuelva se encontrará con una rica cena esperándola para recuperarse del viaje, ¡para que luego no me deje comprar una tele nueva, coño!

    Pero esta vez, casi se encuentra con una sorpresa. Hace unos días empezó a salir agua del calentador en plan aspersor de riego, pero nos dimos cuenta en seguida y cerramos el agua caliente, cortándose así el chorro. Ojeé el calentador y observé que salía de una llavecita, la apreté y dejó de salir agua, aunque también es verdad que de vez en cuando salía alguna gotita, pero como caía en la pila pues no le dimos mayor importancia. ¿Y qué se dice en estos casos? pues lo típico, -hay que llamar al del calentador para que venga a verlo, no sea que la liemos-, ¿habéis llamado alguno de vosotros?, pues eso.

    El caso es que el lunes por la mañana vino mi cuñá a buscarla y se las piró. Metió sus cosas en el coche, besito de despedida como si se fuera a Afganistán y, hala, carretera y manta.

    Como no nos fiamos del calentador, cuando no se está usando el agua caliente cerramos la llave y listo. Pero esta mañana, ¡oh, Dios!, se me ha olvidado. He salido tan tranquilo a comprar, que si algo de fruta, que si pollo, me he pasado por el INEM a ver si se han equivocado y hay alguna oferta de trabajo… lo normal, vamos. Habré estado fuera de casa aproximadamente tres cuartos de hora, na, un momento, vaya.

    Yo tan tranquilito con mis bolsas y mi no empleo, abro la puerta sin prisas, veo a Lola con cara de poseída mirando a la cocina y escucho un FSSSSSSSSH! extrañísimo.  Miro a la gata y le digo to simpático, -¿qué pasa, has visto a Elvis o es que…? ¡¡¡HOSTIA PUTA, EL CALENTADOR!!! Suelto las bolsas de golpe, sin pensar en lo que llevaba dentro y, chapoteando cuan mariscador en la costa gallega, entro corriendo en la cocina y cierro la puta llave del agua caliente… Me quedo en medio, ahí quieto, con cara de gilipollas y empiezo a sentirme como Jesús caminado sobre las aguas ¡¡¡hasta el salón que ha llegado el tsunami los huevos!!! Por cierto, dada la forma del melón, es capaz de rodar pasillo adelante y esconderse en una habitación, lo digo por si un día decidís darle rienda suelta a alguno en casa. Bien, dicho esto, seguiré con mi “desventura rodriguera”. Una vez pasados los primeros segundos de shock he reaccionado cuan marine en pleno desembarco y ¡¡¡joder, el parquet!!!, salgo corriendo de la cocina, entro en el salón y ¡¡¡hostia, los enchufes!!!. Entonces, me ha dado por pensar y “coño, a ver si me voy a electrocutar”, he apagado el automático y he comprobado que, por suerte, no había llegado el agua a tocar nada eléctrico. No es que cubriera, lo que pasa es que tenemos un ladrón de esos con varios enchufes entre el sofá y una mesita para enchufar los cargadores, una lámpara y lo que se tercie y, claro, está en el suelo.

    Sin ponerme “de casa”, he cogido la fregona y me he puesto a recoger agua como un descosío. Lo primero que he hecho ha sido recoger la de la entrada y la del salón, que menos mal que no ha pasado nada y el parquet está bien. Luego, en la cocina, me he tirado como hora y media achicando agua. He sacado el frigorífico y he quitado todos los embellecedores de las patas de los muebles de la cocina para poder meter la fregona, pero nada, al final he tenido que sacar también el lavavajillas.

    Resulta que, la puerta del mamón ese, estaba un poco abierta, por lo que todo el agua que caía en la encimera iba cayendo en plan cascada dentro del mismo, cosa de la que, lógicamente, no me he percatado. Ya tenía casi todo seco y sólo me faltaba darle al mocho en el hueco del lavavajillas, lo he abierto un poco para así poder agarrarlo desde dentro y tirar hacia fuera más cómodamente y CHOOOFFFF! todo el agua que se había colado dentro me la he vertido en los pies, además de poner otra vez la cocina de puta madre, claro. No voy a escribir lo que he soltado por mi boca porque me cierran el blog, seguro. El caso es que no podía moverlo porque cada vez que lo hacía salía agua, ¿qué he hecho? pues ir sacando agua de dentro con un cazo como un imbécil y bajo la atenta mirada de Lola, que se estaría preguntando que cómo era posible haber sobrevivido tantos años en esta casa.

    Al final ha quedado todo sequito y las aguas han vuelto a su cauce, nunca mejor dicho. Y como todo lo malo tiene un lado positivo, o eso dicen, pues he quitado toda la mierda que se acumula debajo de los muebles, que se va dejando, dejando y acaba creando su propio ecosistema. Fin.

     

    Fdo. Luis Gómez.

     
    July 16

    El piso de la sierra.

    Esta mañana nos hemos pasado por el piso que mi familia tiene desde hace… ¡pues desde hace un cojón de años, joder!. Era un niño cuando lo compraron mis padres, no me acuerdo exactamente, pero tendría unos 11 años más o menos. Le llamábamos “el piso de la sierra” y, la verdad, nunca he comprendido por qué le llamábamos así, porque esta está a varios kilómetros de esta, supongo que será por su proximidad y porque llamarle “el piso que está en una urbanización junto al Embalse de Valmayor” sería demasiado largo ¿no?

    El caso es que ir allí era la hostia porque, por aquel entonces, vivíamos en un piso de unos 55 metros en Vallecas, que además era un bajo, lo que os hará suponer que el de “la sierra” nos pareciera una mansión con sus 90 metros, más teniendo en cuenta que éramos siete en casa. Aparte de poder cruzarte con cualquiera de mi familia y no chocar por falta de espacio, lo que más nos gustaba era la terraza, qué gozada, nos tirábamos las horas muertas allí, todos a mogollón, que al final estábamos tan apelotonados como en el piso de Vallecas, pero eso sí, con vistas a El Escorial, sin contaminación y con mosquitos.

    Mis padres tuvieron la oportunidad de comprarlo y no se lo pensaron. Lo hicieron por aquello de tener un sitio dónde ir los fines de semana y también para no gastarse tanto en el apartamento de turno en verano, que, aunque eran otros años, supongo que costaría una pasta. Así, saldríamos fuera sólo unos días y el resto del verano estaríamos en “la sierra”, por lo que nos libraríamos del agobiante calor de Madrid hasta que comenzáramos el cole. En principio la idea es cojonuda, lo que pasa es que, con el paso de los años se va haciendo uno esclavo del puto piso, porque “sería de tontos gastarse un dineral en un apartamento en Dios sabe dónde, vamos, que en buena hora me trago yo una caravana de esas con lo bien que estamos aquí, con el fresquito que hace por las noches” (frase que he escuchado miles de veces a mis padres). Con el paso de los años, la frase cambió un poco y pasó a ser algo así como “hala… vamos otra vez a la mierda la sierra”, más o menos. ¡Pues no hace años que no paso allí unas vacaciones! Hombre, cuando eres un chaval te lo pasas de puta madre, estás todo el día haciendo el zángano por ahí y además tus padres te dejan llegar más tarde a casa con el rollo de que no hay peligro porque no es como en Madrid, que te puede pasar cualquier cosa. En “Los Arroyos”, que así se llama el lugar, por cierto, lo más que te puede pasar es que te pique un escorpión, o te rompas una pierna haciendo el cabra con la bici o te ahogues en el embalse, poca cosa…

    Si he de ser sincero, guardo muy buenos recuerdos de aquel lugar, como los de la entrada “No están mis padres...”, por ejemplo. En la pisci de la urbanización, la que nombraba el otro día, aprendí a nadar a los cuatro estilos, de los que sólo me queda el estilo bolla, pero esa es otra historia. Tuve mis primeros escarceos amorosos, me pillé mis primeros pedos y, un año, a mis padres les tocó un pellizquito en la lotería de Navidad con un décimo que compraron allí.

    El caso es que con el paso del tiempo, todos tus amigos van dejando de ir y vas perdiendo interés. Cuando eres un chaval no te queda más remedio porque tus padres te obligan a ir para no dejarte solo en Madrid porque “a saber lo que harás tú solo todo el fin de semana”, según mi madre, pero vas creciendo y ya no hay padres que te hagan tragar con el coñazo la sierra porque tienes ya tus colegas con los que vuelves a hacer el zángano, pero esta vez sin escorpiones ni pantanos de por medio.

    Hace ya muchos años que sólo aparezco por ahí algún fin de semana en verano para estar unos días con mi madre y mi hermana, y, os aseguro que los días se me hacen más largos que las colas del INEM, pero bueno, como dijo aquel, “si hay que ir, se va”. Si un ataque nuclear no lo impide, la semana que viene vamos mi moza y yo a pasar unos días, pocos, pero allí estaremos. Bueno, de hecho, el martes estuvimos allí porque vamos a cambiar el toldo de la terraza, que más que dar sombra lo que da es miedo, porque con lo podrido que está el día menos pensado se nos cae encima. Que también sería mala suerte, joder, que con las locuras que habré hecho con la bici durante años me abriera la cabeza el toldo los cojones.

    Supongo que cuando estemos allí, me encontraré con mis primas, mis tíos (porque aquello es como una secta, está toda la familia), y quizá a algún viejo amigo con el que tomaré alguna cerveza y recordaremos alguna que otra gamberrada urdida en común, vamos, lo de todos los putos veranos cada vez que aparezco por allí. No faltará el clásico de mi tía, “estás más gordo”, ni el de mis primas, “es que no se te ve el pelo”, que no sé si lo dicen con doble sentido, pero me jode un huevo. Por cierto, esto me hace recordar una cosa que me pasó recientemente.

    El caso es que hace poco murió un… un tío o algo así de la familia y fuimos al tanatorio y bla, bla, bla… Entre los familiares que allí estábamos, había varios primos, que no es que les esté llamando tontos, me refiero a mis primos, joder. Al rato de pasar el trago de dar el pésame y todo eso, salimos fuera para marcharnos cada uno a nuestras casas. Allí me encontré con un primo segundo o tercero o yo que sé qué, de esos que ves en “actos oficiales”, vamos, y nos pusimos a charlar tranquilamente, que si me casé, que si yo también, que tengo una niña, que yo ni de coña… lo típico. Lo cierto es que nos alegramos de vernos, estábamos tan a gusto (lo a gusto que se puede estar en un tanatorio) y, de repente, aparece uno de mis primos y, sin venir a cuento va y le suelta “hombre, te has encontrado con Luis, pues ya le has visto más que yo porque parece que no quiere saber nada de nadie”… con una sonrisilla irónica perfecta para rompérsela con una raqueta de paddle. Total, que me le quedo mirando, no tan sonriente y le digo -¿tienes mi número de teléfono?- sí, me responde muy digno, como dando a entender que ÉL tiene los números de todo el mundo, -entonces- continúo –si quieres verme ¿por qué no me llamas?, no tienes más que decirme un día y voy dónde me digas… ¡qué cara se le quedó! jojojo… no te jode.

    Bueno, que me enrollo para variar. Que la semana que viene me voy a pasar unos días a “la sierra”, supongo que bajaré a la pisci a lucir barriga y me tomaré unas cañitas con quien me encuentre, con quien me encuentre que conozca, claro, que no bebo con desconocidos. Es más que posible que me lleve la guitarra, así conoce mundo y aprovecho para darles la barrila a mi hermana y a mi madre, más que nada para que se solidaricen con mi pobre Rocío, que se lo está tragando todo ella sola. Fin.

     

    Fdo. Luis Gómez.

     
    July 08

    3 en 1

    Hola hermosos, ya he güerto de por ahí, así que voy a ver si os doy el coñazo un poquillo, lo que no sé es si al final de la entrada os hará falta un colirio o no.

     

     

    Como ya sabéis, hemos estado unos días fuera, pero en plan urbanización de veraneo, nada de coger carretera y manta. Hemos pasado los días en remojo, como los garbanzos, en una típica piscina de esas comunitarias, de las que, año tras año, observas el inexorable paso del tiempo reflejado en los cuerpos de tus vecinos de siempre, y en el tuyo propio, claro, que no todos somos Cher.

    Todos los veranos se repite la misma historia. El primer día bajas a la pisci lamentándote de la resplandeciente palidez de tu cuerpo pensando que se va a notar que es el primer baño del verano, como si los demás estuvieran todo el año de vacaciones, no te jode. Hasta ahora, el único ser humano que conozco eternamente moreno es Julio Iglesias, y no vale porque vive en Miami.

    Una vez allí, colocas tu toalla, te pringas con el bronceador protección 25, que protegerá un huevo pero en septiembre estás igual que en enero, y tus gafas de sol, que más que para protegerte los ojos sirven para poder observar a la concurrencia sin que te cacen. Porque, seamos sinceros, nos quejamos de que los demás son unos cotillos, pero a todos se nos da de puta madre fichar a todo el que se nos pone por delante.

    Una de las cosas que me joden de estas urbanizaciones es que to dios se conoce y, claro, en cuanto te pillan por banda te aplican el tercer grado sin contemplaciones ¡¡¡y que además siempre te enganchan al sol, coño!!! ¿es que ellos no sudan?. El caso es que si no te agarra uno, lo hace el otro, porque esquivarles a todos es prácticamente imposible, y, una vez acorralado, comienza el repaso generacional de turno del que sales con respuestas estándar: ¿y qué tal está tu madre? –pues ahí está, ya sabes, con sus achaques-, ¿y tu hermana? es que hace ya tiempo que no la veo, -bien también, como siempre-, pues ya estaba yo extrañada de que no vinierais, pensaba que a ver si es que había pasado algo y por eso no veníais… (pa qué va a pensar que nos ha tocado La Primitiva y estamos en Paris, por ejemplo), -no, si sólo venimos en verano… como los últimos 25 años, vamos-… y anda que no cuesta librarse del rollo, porque vas lanzando indirectas del tipo: bueeeno… pueeesss…, pero nada.

    En algunas piscinas de estas, hay unas tumbonas que pertenecen a la comunidad y están ahí para que se usen libremente, cosa que está muy bien, lo malo es pillar una libre, joder. Siempre está el típico mamón, o mamona, que se baja a la hora que canta el gallo a dejar sus cosas  para “reservar” su tumbona, que cada vez que lo veo me dan ganas coger su toalla y lanzársela a la piscina que no veáis, lo que pasa es que, al final, para no liarla pues te callas como una puta y pasas de todo con la esperanza de que algún día tenga un corte de digestión donde cubre para saborear una divina venganza. Y claro, tú no eres el único que se da cuenta de la maniobra del listillo ni el único que hace mutis por el foro; y lo sabes porque, a la menor, te coge el plasta de turno y te da una lección de civismo piscinero de media hora que te deja traspuesto hasta la hora de comer, que si qué morro tiene el de la tumbona, que si la gente entra calzada, que si hay que ducharse antes de tirarse al agua…

    ¿Y lo que jode comprobar que el bañador ha “encogido”? y eso que están hechos para bañarse con ellos…

    Pero bueno, a pesar de estos entrañables momentos repetidos año tras año, hay que reconocer que es una gozada darse un bañito piscinero de vez en cuando.

     

     

    Pues anda que no está haciendo correr ríos de tinta el fichaje del Cristiano Ronaldo ese de los cojones.

    Vamos a ver, estoy de acuerdo en que es una salvajada pagar ese dinero por un jugador, por muy bueno que sea. Con lo que no estoy de acuerdo es que se diga que es inmoral o cosas así por el hecho de que estamos en crisis o que es una forma de malear el mercado de fichajes o lo que sea.

    ¿Cuándo un banco compra a otro, alguien dice algo de las cantidades que se manejan? Lo más que se comenta es la enormidad de la cantidad en cuestión, no si es inmoral o no. ¿Tiene el tipo este la culpa del hambre en el mundo o algo así? ¿no puede hacer cada uno con su dinero lo que le de la gana? Pues entonces a santo de qué tienen que abrir la bocaza los gilipollas de turno. Está más que claro que el Madrid ha fichado al Cristiano con fines lucrativos, no sólo deportivos; es eso, un negocio, una transacción económica, una inversión; y el que no lo quiera entender pues que se joda. A mí, mientras juegue de puta madre me importa un huevo lo que les ha costado, no ha salido de mi bolsillo.

     

     

    Yo sigo con mis clases de guitarra, to ilusionao, aunque también es verdad que estoy hasta los cojones de tanta escala y tanto acorde, coño, el día que sea capaz de tocar “algo” me va a parecer mentira. Lo que está claro es que los comienzos son jodidos, bueno, lo son en todo. Hay días en que lanzaría con gusto la guitarrita los huevos por la ventana porque me pongo de una hostia que no me aguanto ni yo.

    Las clases normales se terminaron el mes pasado, por lo que este mes estoy en plan intensivo, en dos semanas damos el doble de horas. Estas clases las da otro profe, un tipo de unos treinta años más o menos,  porque el que tenía tiene conciertos por ahí con su grupo este verano. Le conocí este lunes y he de decir que el comienzo fue “prometedor”. Estaba en la puerta de la academia fumándome un cigarro y salió él, también a fumar, al verle le pregunté si era el profesor y, efectivamente, lo era, lo que él no sabía era quién era yo: -y tú, ¿has venido a traer A TU HIJO? (¡¡¡a tu puta madre, no te jode!!! pensé…), con mis gafas de sol puestas y pétreo rictus facial, giré lentamente la cabeza hacia él y le dije muy serio: mira, chaval, yo no tengo hijos ni aquí ni en casa, soy alumno tuyo, coño. El pobre se quedó más pálido que Michael Jackson (el pobre…) y me dice como para salir del entuerto, “no, si… hay más gente MAYOR, no te creas”, -mira, no intentes arreglarlo que lo estás empeorando, macho- y empecé a descojonarme, lo que hizo que la sangre le volviera a la cabeza y recuperara el color.

    La verdad es que es un tío muy majete y me gusta mucho como enseña, es muy consciente de nuestras limitaciones y además muy participativo, se pasan las clases volando, de hecho, intentaré que en septiembre me pongan con él, ya que, parece ser que mi anterior profesor no va a volver porque llevaba ya ocho años allí y quería descansar de dar clases.

    Mis “compis” son muy jovencitos, hay dos chavales de unos 17 años más o menos, otro de 11 y una chica de unos 15 ó 16… o por ahí, no sé, vamos, unos yogurines. Al principio se quedaron un poco pillados conmigo, los pobres. Claro, para ellos soy como su padre o su tío o algo así, yo lo entiendo, por lo que les costaba un poquito hablar normalmente conmigo, pero claro, lo que no se esperaban es que iba a estar más tronao que ellos. A base de bromas he conseguido que se les pase el corte y ya me tratan con total naturalidad, tanta que hasta me meten caña, los cabrones, a la menor aprovechan y me sueltan puyas referentes a mi edad. Al final se va a ir uno de vacaciones con una cuerda de guitarra atada a los cojones. Aunque la verdad, me lo paso muy bien, porque me hace mucha gracia lo críos que son aunque vayan de tipos duros, es francamente divertido observarles desde mis 45 años, casi me están rejuveneciendo.

     

    Bueno, chatos, ya no me apetece escribir más, yo creo que por hoy, ya está bien. Fin.

     

    Fdo. Luis Gómez.