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    August 22

    Gas natural.

     

    Bueno, bueno, bueno… pues aquí estoy otra vez para ilustraros con mi infinita sabiduría… veeenga, vaaale, ya sé que no cueeela, que lo que voy es a contaros otra idioteeez. Mejor así, ¿no?, pues ala, después de esta breve aclaración, paso directamente a haceros perder el tiempo durante un ratillo… o no tan ratillo, que siempre sé como empiezo pero nunca cómo ni cuándo acabo, así que, a joderse tocan.

    AVISO: Esta entrada es muy explícita. Puede herir la sensibilidad del lector, así que la leéis por vuestra cuenta y riesgo, ¡¡¡avisaos estáis, majetes!!!

    Siempre he pensado que los seres humanos (los que lo sean) somos bastante raritos. Si nos comparamos con el resto de los mamíferos terrestres nuestra vida es de lo más complicada. Cuando éramos simios estábamos cubiertos de pelo, pero como se supone que hemos evolucionado lo hemos ido perdiendo con el paso de los siglos hasta quedarnos casi con el pellejo pelao. Pero lo más curioso de todo es que seguimos conservando una buena mata de pelo en la cabeza (y en otros sitios que no voy a nombrar…) que supongo yo que será para protegernos de los rayos del Sol. Pero curiosamente, el “macho” de la especie lo suele perder con el paso de los años, lo que juega a favor de nuestra defensa. Si somos así de simples es porque lenta, pero inexorablemente, se nos va tostando el cerebro. Bien, el caso es que como el astuto de Adán (su Creador no le enseñó que las serpientes no hablan…) se papeó la manzana de las narices, tenemos que cubrirnos el cuerpo con ropa porque nos da vergüenza ir en bolas todo el día. No sabe lo que le debe El Corte Inglés a este muchacho…

    También es curioso nuestro comportamiento hacia otros elementos de la misma especie. Imaginemos la rutina diaria de ir al trabajo. Normalmente solemos hacer lo mismo, casi de forma calcada cada puñetero día, incluso por la calle solemos cruzarnos con las mismas personas ¿o no? Pero un día cualquiera, por lo que sea, ocurre algo que hace que interactuemos con uno de esos transeúntes con los que nos cruzamos, un tropezón, que se le caiga algo que lleva, la visión de un accidente de tráfico, no sé, cualquier cosa. Pues bien, a partir de ese momento cada vez que nos crucemos nos saludaremos a pesar de seguir siendo dos desconocidos.

    No os preocupéis que no voy a escribir una tesis sobre el comportamiento humano, a lo que voy es a lo siguiente, que si bien no es muy… cómo lo diría... correcto, forma parte de nuestro día a día.

    El caso es que es algo natural en todos los mamíferos, pero como estoy hablando de nuestra especie pues dejaré a perros, gatos y otros animalitos al margen.

    ¿No os acojona pensar que teniendo una llama cerca somos capaces de provocar un fogonazo expulsando gas por nuestro culo?. A mí sí. De hecho creo que hay una palabra errónea en la Real Academia: “pirómano”. Debería ser “piróANO”.

    Repito, siendo como es algo totalmente natural, el pobre pedo se ha visto relegado al más bajo estatus de la dignidad humana. Y no me extraña, porque los cabrones, aunque graciosos, son desagradables que te cagas, y nunca mejor dicho. Bueno, lo desagradable es el “daño colateral” que provocan porque el pedo en sí es totalmente inofensivo el pobre.

    El caso es que sabiendo que es totalmente incontrolable, si alguien osa ejercer su libre derecho a zurrarse como un león, le miramos mal, hasta con asombro, como si fuera la única persona en el mundo que libera esa letal carga. Pero claro, si fuera un niño incluso le reiríamos la gracia, hasta le jalearíamos para ver si se tira otro y seguir descojonándonos: -uy, si sa tirao otro cuesco, jajajaajaaaa-. Pero la frase cambia si tienes treinta tacos: -hostia, tío, eres un cerdo, ¡¡¡tas cagao!!!-.

    Puta hipocresía, que levante la mano quien nunca se haya aliviado de aquella manera, pero que levante la mano, no la pierna…

    Reconozcámoslo, un pedo bien tirao te deja como nuevo. ¿Qué decir del violento fragor del pedo mañanero? Es como avisar al nuevo día de que te has puesto en pie, -¡¡¡quieto parao, que me levantao!!! Aunque no siempre hay que estar levantado para disfrutar del flatulento acto, también puede servir para apartar la sábana antes de levantarte… Y como todo en esta vida, tiene su ceremonia. Dado que te acabas de despertar estás algo apollardado, lo que limita tus movimientos, por lo que te quedas quieto apretando levemente la tripa, haciendo hueco levantando y/o separando una o las dos piernas (depende del estado de enajenación “anal” del momento), y cuando eres consciente de que aquello va a salir, te relajas y dejas que la madre naturaleza haga el resto, acompañado a veces de un suspiro de alivio: -woooggghhh…- y esbozando también una pícara sonrisilla…

    Pero claro, igual que hay muchos tipos de estornudos, también los hay de cuescos. No es lo mismo peerte en tu casa que en la calle o en un lugar público.

    Que lo de zurrarte en tu casa también tiene su historia, porque claro, puedes estar solo o no. Está claro que todos somos pedorros domiciliarios, nuestra casa es nuestro fortín y hacemos en él lo que nos da la gana. Pero en cualquier momento conoces a alguien… sales con ese alguien… todo es potito al principio, tierno, sensual, pero irremediablemente llega un día en el que tu cuerpo está dispuesto a jugarte una mala pasada (y no hablo sexo) y te lo hace saber a través de tus tripas. ¿Qué hacer? ¿ha llegado el momento de “probar” esa confianza? ¿nos vamos a la cocina “a por algo” y hacemos ruido con las puertas de los armarios? ¿nos encerramos en el baño hasta aliviarnos? (sigo sin hablar de sexo). Que dilema. Y la culpa de todo la tiene la mala educación que hemos recibido. ¿No hay culturas en las que eructar después de la comida es signo de que te has quedado satisfecho? Coño, pues nos podrían haber metido en la cabeza que cuando te zurras es porque estás contento o algo así ¿no? Aunque bien mirado, no habría cojones de meterse en un ascensor, por ejemplo. El caso es que donde hay confianza da asco, y nunca mejor dicho, porque una vez que una pareja se estabiliza se dejan a un lado los miramientos para pasar a “soltar vientos” sin ningún rubor, que por otra parte es lo mejor, porque puedes ponerte realmente malo si pasas mucho tiempo aguantando el “arreón”. También se pasa jodido cuando tienes visita en casa, aunque bueno, dependiendo de quien sea la visita puede haber un “intercambio cultural”…

    Cuando se va por la calle no hay problema, al menos en sitios con tráfico, si no es un coche o un autobús, será una moto, cualquiera de ellos es un buen aliado. En Madrid no hay problema porque siempre tienes una obra a la que acercarte. Aunque tampoco debes bajar la guardia con la excusa de estar rodeado de ruidos porque a veces se hacen esos silencios de repente que te pueden dejar con el culo al aire…

    De todas formas, el peligro real de un silencio repentino se tiene más cuando estás en un lugar público. Oye, que la naturaleza es caprichosa. Estamos tan tranquilos en cualquier parte y de repente te viene uno, joder, eso es así. Lógicamente no podemos dejarlo salir libremente y tendemos a apretar las cachas con la esperanza de ahogarlo entre nuestros glúteos, pero esta inocente acción puede ocasionar más daños. Es como el efecto de la sordina en una trompeta, el sonido se hace más agudo. Que si estás en un jardín, siempre puedes hacer aspavientos como si estuvieras espantando a una imaginaria abeja, pero en el hall de un hotel… Además, que no cuela, el zumbido de una abeja no se corta de repente, se va alejando gradualmente… Hombre, también te queda la opción de toser al mismo tiempo, aunque para eso hay que dominar la sincronización.

    Hay otra modalidad que, no por frecuente es menos apreciada: el pedo común.

    Se caracteriza por la naturalidad con la que lo ejecutamos. Sentado tranquilamente en el sillón, por ejemplo. Puede haber dos variantes, puedes ahogarle entre tus posaderas y el asiento o puedes reclinarte hacia un lado para dejarle espacio y que salga libremente. Lo curioso de esta modalidad es que no interrumpe lo que estés haciendo en ese momento porque suele realizarse en soledad, o cuando quien te acompaña en ese momento practica la misma disciplina.

    Como desde siempre hemos tenido al pedo común como un proscrito, éste, como venganza, a veces nos juega malas pasadas.

    Nuestro recto está diseñado para diferenciar cuando van a pasar por ahí gases o sólidos (a buen entendedor…), pero en ocasiones, la rencorosa y vengativa flatulencia se las ingenia para engañarle y hacerle creer que lo que está a punto de llegar no se puede “agarrar”, y entonces… PRRRTZZZZ!!! Es lo que en lenguaje de repostería se podría denominar como “pedo Kinder”. Si te pilla fuera de casa estás jodido…

    Pero nuestro vengativo pedo, aun tiene guardado un as en la manga, o en tu culo, las cosas claras, que a estas alturas del texto podemos dejarnos de metáforas. Yo creo que, a veces,  nuestro amigo se agarra a las paredes de nuestro “túnel” antes de salir para, cuando ya estamos en el cenit del expulsor apretón, salir todo él de repente, lo que provoca tal dolor que parece que sale disfrazado de erizo, coño. Además, el tío lo hace a conciencia porque sabe que tardarás en volver a intentarlo por miedo al dolor.

    También los hay totalmente incontrolables. Estos suelen salir por un repentino golpe de tos o por una carcajada y suelen ser perdonados por la involuntariedad de la acción.

    ¿Y las cosquillas que hacen las burbujas en la bañera, pillines?

    En fin, como veis hay tantos tipos de pedos como personas en la tierra. A lo que voy es que quiero pediros que no le dejemos de lado, jodé, que seamos comprensivos con él. Que estamos todo el día viendo en la tele como se margina a los más desfavorecidos y hacemos lo mismo con algo que llevamos en nuestras entrañas.

    Si ya lo dijo el sabio: “pedere humanum est”, o algo así. Menos mal que el pobre gas tiene un amigo en su destierro. El inoportuno eructo. Quizá hable de él otro día. Fin.

     

    Fdo. Luis Gómez.

     

     

    August 04

    Diga treinta y tres...

     

    Hola, ciber-people, ¿qué tal habéis comenzado la semana? ¿bien? me alegro por vosotros, porque yo la he comenzado como el culo.

    Resulta que el jueves pasado forcé un hombro trabajando y el fin de semana me pasó factura, el muy rencoroso. El viernes lo notaba como cargado, no sé cómo deciros… como anquilosado, pero la cosa se quedó ahí. Pero el sábado y el domingo me pegaba unos pinchazos el mamón del hombro que casi no podía ni ducharme, por lo que me he pasado el finde a lo Barón Asler, el de Mazinger Z, con las dos mitades de mi cuerpo de colores diferentes.

    Total, que esta mañana he pedido hora para ir al médico, bueno, mejor dicho, para ver a mi doctora. A las 18:00, hora zulú.

    Así que, cuando he salido del curro, me he “aviado” un poquejo y me he ido para allá, que aunque hoy tenía el hombro mucho mejor quería que me lo viera la doctora para ver que le parecía… el hombro, digo.

    Y allí estaba yo sentadito a las 17:55. Esta doctora es de las que se preocupan de verdad en saber como está el paciente que la visita, es decir, que no te ventila en dos minutos, por lo que, teniendo en cuenta que las que dan las horas ponen a los pacientes cada cinco minutos, se le forman unos “chochos” a la buena de la doctora que no los despejan ni los antidisturbios.

    Al rato, al buen rato de estar allí, sale la facultativa por la puerta y da una serie de nombres: “¿Fulanito Pérez?, cuando salga este señor, entra. ¿Menganita Sánchez?, detrás de él. ¿Zutanito García?, lo mismo, cuando salga Menganita, va usted”. Así hasta cinco o seis nombres, no me acuerdo ahora. Que como no tengas buena memoria para las caras, a veces te las ves putas para pillar a tu predecesor, porque dicen los nombres a una hostia que dan ganas de ir con la Polaroid. El caso es que, al nombrar al último, dice no sé que de “a y veinte…” Por lo que, tranquilamente me he levantado y me he dirigido a ella: “Disculpe, doctora, es que yo tengo hora a "en punto" y no me ha nombrado”, -a veeerrr…- masculla mientras mira su lista… ¿cómo se llama? –Luis Gómez- respondo con un tonillo reivindicativo, -pues sí, está usted a "en punto", pero a las SEIS- (gilipollas, le ha faltado decir).

    Total, que me he quedado con cara de “cagada” con la mirada perdida para evitar cruzarla con cualquiera de los que allí estaban tan hasta los cojones como yo de esperar. Y entonces, dado que la cosa iba para largo me he dedicado a una de mis actividades favoritas cuando estoy en estado de reposo en un lugar público: OBSERVARLES.

    Parece mentira que todos vengamos del mismo mono, coño, en ese pasillo había más “stock” que en la planta joven de El Corte Inglés”, ¡¡¡qué variedad de especimenes!!!

    Como dicen que medio mundo se ríe del otro medio y como yo estoy en una de las mitades, pues he pasado un buen rato inmerso en lo que parecían las bambalinas de un casting de frikis. Había un matrimonio, que parecía salido de una peli de Berlanga. El tío era una especie de “Cachuli”, el de la Pantoja, pero sin bigote, la misma pinta de chulo-berbenas, con su bermudas subido hasta las tetas, su Lacoste de rayas y sus deportivas de marca. Qué pinta tenía el tío, con el pelo relamío… puag! Y luego ella, todo lo contrario, parecía que se acababa de escapar de un manicomio, desaliñá, con una raíz en el pelo que más que una raíz parecía el Gran Cañón del Colorado. Me ha dado la típica imagen de cerdo machista y putero que presume de no sé qué y a ella la tiene de chacha. Y al ratito llega el “niño”, que por la pinta de gilipollas era de la misma secta del padre…

    Luego, llega otro tío, sin decir ni mu, se sienta, saca su Play Station y empieza a darnos un concierto de “prrrriiiip-piú… chium-chium… prrrrrip… ¡¡¡pa qué va a quitar el sonido!!! y no era un quinceañero precisamente…

    Luego estaba el típico quejica tocapelotas que no hace más que recordar a la concurrencia que la doctora lleva un retraso de tres pares de pelotas. Y además el imbécil tiene cita a última hora de la tarde, por lo que yo me pregunto: ¿y qué coño hace ahí tan pronto?.

    Por supuesto, como en cualquier sala de espera que se precie, había una pareja de adolescentes que si llega a ser Navidad, les degüellan y acaban en el horno del pavazo que tenían. Que entre que él tenía los dedos más largos que Eduardo Manostijeras y ella la risa más floja que las “enlatadas” de Aída, hemos acabado todos hasta los mismísimos de tanto manotazo suelto.

    Pero bueno, la cosa estaba más o menos tranquila, lo normal en una sala de espera. Hasta que ha llegado una mami con su nene, que debía estar hecho del mismo pellejo que el niño de La Profecía. ¡¡¡Qué joputa de niño, coño!!! El tío se ha tirado todo el rato que ha estado allí dando gritos, golpes, corriendo como un loco, chinchando a una niña que la pobre estaba tan tranquilita, de todo ha hecho el cabrón, de todo. Y la madre tan tranquila. De vez en cuando decía un “Seeeeeergio… tate quieeeeeeto…”, y punto. Y el Sergio a por uvas, claro. Hasta que no sé si gracias a quizá un Dios misericordioso o a la fuerza mental que estábamos ejerciendo todos hacia el puto niño, el rebotilla del Sergio, sa metío una hostia del quince, BLOOOMMM!!! hasta eco ha hecho el tío. Y entonces, ha sucedido algo muy curioso. Normalmente, cuando por la calle o donde sea un niño se pega una hostia o le ocurre algo, siempre hay alguien que se acerca a ver que le ha pasado al sufrido infante. Pero hoy, NADIE ha pestañeado siquiera, HA TODOS NOS HA ALEGRADO QUE SE PARTIERA LA CARA. Pero lo mejor de todo es que a partir de ese maravilloso momento, no se ha vuelto a oír al puñetero niño.

    El caso es que a lo tonto se me ha hecho la espera más o menos soportable. Y por fin, hora y cuarto después de mi "en punto", me ha tocado entrar.

    Al principio, lo normal, me ha preguntado que qué me pasaba y tal y cual, y le he contado que forcé el hombro y bla, bla, bla…

    -A ver, enséñamelo (el hombro…)- me dice de repente. Por lo que me quito la camisa y le indico el lugar exacto donde siento el pinchazo. Entonces va la tía y me planta el dedo anular con todas sus ganas y me dice: “esto es lo que llamamos, el manguito” Pues yo lo llamo una putada (pensé apretando los dientes). “Aquí confluyen muchísimos músculos, por lo que es un lugar muy delicado”, continuó diciendo mientras mis gestos de dolor eran obvios. “Vale, vale, ya veo que ha encontrado el sitio exacto, ya lo puede dejar”- le digo casi suplicando, -no, no, esto hay que bajarlo un poquillo, que tienes un nudo y si lo bajo te dolerá menos- que ya me estaban entrando hasta ganas de mear porque yo creo que había llegado con el dedo hasta mi próstata, coño ¡¡¡con que saña apretaba la japuta!!! Y en mitad de la sesión de tortura va y me suelta: “abre la boca”, giro el cuello y la miro con los ojos como platos ¿Queeeeé? “sí, sí, que abras la boca, ¿a que estás apretando la mandíbula?” nos ha jodido que estaba apretando la mandíbula, pero por no apretarla el cuello, no te jode. Me quedo literalmente con la boca abierta (acojonado, claro, porque pensé que se me había emocionado al ver mi torso desnudo y me iba a meter la lengua hasta el corvejón, y yo no es que sea exigente, pero la licenciada es lo más parecido al burro de Shrek, pero sin orejas y con gafas de cerca) y me dice que está segura de que cuando estoy haciendo algún esfuerzo tiendo a apretar la mandíbula y eso también va al famoso manguito. Yo acojonao. Al cabo de unos minutos de sufrimiento, por fin saca el dedo de mi hombro y me deja en paz.

    El caso es que no tengo nada, que es lo importante, una pomadita y ala, pa casa. Pero claro, con tanto apretón me ha dejado el hombro peor que cuando entré, por lo que, muy a pesar mío, volveré a mi look Barón Asler y a levantar sólo un brazo, el del sobaco limpio, claro. Fin.

     

    Fdo. Luis Gómez.