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    September 21

    La (mala) atención al público.

    Hola a todos. Pues aquí estoy otra vez para que hagáis uso del colirio antes de que os caduque.

    Hace unos días estuvimos mi moza y yo en una feria de manualidades que se celebraba en el Palacio de Congresos. Es que a mi moza le gusta mucho el tema y además se le da muy bien, no el ir a ferias, me refiero a hacer manualidades, jodé, que lo tengo que explicar todo. Bien, el caso es que aunque dicha feria iba dirigida a los profesionales admitían público, eso sí, al módico precio de 8,50 euracos por barba, ¡¡¡que manda huevos!!! pero bueno, como Rocío estaba muy interesada pues pagamos las entradas y punto, total, un día es un día. Al entrar te hacían rellenar un pequeño cuestionario en el que especificabas si eras profesional (nobleza) o visitante (plebeyo), y según tu “rango” te daban una identificación para colgarte al cuello de color amarillo o azul. Casualmente la de color azul era la de los profesionales, supongo que por lo azul de su noble sangre. Me jodió sobre todo que al final tampoco era nada del otro mundo, y con las ganas que tenía mi artística moza de verla, se llevó una pequeña desilusión, aunque hubo muchas cosas que le gustaron, no todo era malo.

    Pero a lo que voy no es al contenido de dicha exposición, no, de lo que quiero hablar es del distante trato que los diferentes feriantes nos dieron a los visitantes. Como es lógico, cuando estás en un lugar como este, vas de un lado a otro mirando todo lo que tienes delante, que para eso vas, digo yo, no para quedarte detrás de una columna. Pues bien,  las contadísimas veces que se nos acercó alguien a interesarse por nosotros (digo nosotros refiriéndome a los visitantes en general, no sólo a mi moza y a mí), no hacían más que ver la cinta amarilla y se daban la vuelta como si no existieras, que hasta me empecé a preocupar pensando que tenía pérdidas gaseosas y no me había dado cuenta, coño. ¡¡¡Como de la mierda pasaban de nosotros!!! Que, oye, me parece muy bien que lo que les interesaba era conseguir clientes para sus productos, es lógico, pero coño, que el resto también éramos personas. Y además, ¿quién les asegura que muchos de los que allí estábamos mirando no íbamos a poner un negocio de ese sector?

    Reconozco que soy algo exagerado  pero, es que cuando estoy en cualquier comercio y no me atienden bien, se me llevan los demonios. Supongo que será porque como he trabajado casi toda mi vida en el sector comercial y siempre he tratado lo mejor posible a mis clientes, no soporto que no hagan lo mismo conmigo.  Estoy observando durante los últimos años, que cada vez es más corriente encontrarte con “despachamierdas” en los comercios, y digo “despachamierdas” porque tienen el mismo gesto que si tuvieran una delante, coño. ¿Tanto cuesta ser amable? Tampoco estoy diciendo que se tengan que besar culos, es tan simple como tratar a la gente con educación, ni más, ni menos. ¿No se dan cuenta que, dentro de la dificultad de vender algo, será más probable hacerlo interesándote por el cliente? Mirad, me estoy acordando de cuando me compré mis flamantes Nike Air. No son las clásicas deportivas de suela gruesa, son muy finas y de una piel muy suave y flexible, para que os hagáis una idea, parecen botas de fútbol. Bien, os explico esto por algo, no para presumir de calzado. Cuando estaba buscando unas deportivas, no tenía ninguna intención de comprarme las que al final me llevé porque nunca me habían atraído, las veía raras, “mu finuchas”, para que sepáis a lo que me refiero. El caso es que la persona que estaba en aquella tienda, hizo algo impensable, y difícil,  para la mayoría de los “despachamierdas” que nos están invadiendo: escuchaba lo que le decía ¡¡¡MILAGRO!!! Tras hablar un rato y probarme algunos modelos que no me convencieron, le expliqué lo que me gustaría tener y me sacó dicho modelo. Al principio le dije que no quería ese tipo de deportiva, que no me veía con él, pero me insistió tan amablemente y argumentándome de tal manera el por qué quería que me las probara, que al final accedí. Y la jodía acertó de pleno. Coño, que no es tan difícil atender a la gente. Qué sí, que sé perfectamente que hay mucho pesao y mucho tocapelotas, he topado con muchos, pero son la minoría, jodé, la mayoría de la gente es agradable y, si alguien va a un comercio, es porque está buscando algo, no para pasear (aunque también los hay, también).

    Ayer salimos a cenar. Como era domingo por la noche, pues la verdad es que el restaurante no estaba lo que se dice abarrotado, por desgracia para ellos, así que, había un montón de mesas libres. Pues, jodé, ¿por qué coño nos tiene que sentar en un puto rincón al lado de la cocina? si a la pedorra de la camarera le gusta comer en el sótano no es nuestro problema, hostia. Pues bien, en lugar de tener a dos comensales contentos nada más llegar, ya se creó dos enemigos, y todo por el mismo precio. El caso es que al ratito de sentarnos le dije que nos cambiara de mesa y pudimos ver lo que comíamos, pero vamos, que si no se lo digo comemos de oído. Además era una tía seca de esas que parece que te hacen un favor cuando te atienden, menos mal que el camarero que nos tocó en la mesa iluminada era más majo que las pesetas.

    Me viene también a la mente un día que fui a comprar cartuchos de tinta para una de mis plumas (sí, me gusta escribir con pluma, no amanerado, con estilográfica). Me metí en una papelería y pedí mis cartuchos de Waterman del color azul que me gusta:

    - Buenos días, quería unos cartuchos de Waterman de color azul, pero no del claro ni del clásico, sino de ese que es como grisáceo, es que no me acuerdo de los nombres.

    - Pues los que tengo son estos dos.

    - Ah, bueno pues… gracias de todas formas, es que el que busco no es ninguno de estos dos.

    - Es que de Waterman sólo hay estos dos azules, los únicos colores que fabrica son estos dos, el negro y el rojo.

    - Mmm… yo creo que no, porque yo utilizo mucho el color que le digo… pero vamos, que da igual…

    - Hombre, me va a decir a mí lo que tiene o no Waterman con los años que llevo vendiendo la marca, será que se está confundiendo con otra. Vamos, seguro.

    Ese fue su gran error. A pesar de creer que llevaba razón, nunca debió jactarse de ello delante de mí, porque, sin saberlo, me estaba tocando los cojones y la cosa no iba a quedar ahí. Hubiera sido facilísimo, además de muy correcto, decirme simplemente que no lo tenía en ese momento y que no estaba seguro de cuando iba a recibir el pedido de esa marca, con lo que me hubiera ido tan tranquilo y ya está ¿o no?

    Compré los dichosos cartuchos en otra papelería y, unos días después, volví a la del “sabiondo los cojones”.

    - Buenos días, quería saber si ya ha recibido el pedido de Waterman; lo digo para ver si le ha llegado el color ese de tinta de pluma que le pedí.

    - Ah, sí… pero no me acuerdo muy bien de cual era…

    -Cómo no, era ese de color azul grisáceo que me gusta tanto… (dije con una maliciosa sonrisilla).

    - Sí… ya le dije que no, que no se fabrica, que sólo tiene dos azules.

    - Qué faena, con lo que me gusta… ¿le importaría sacarme una cajita de cada, por favor?

    - Ahora mismo…

    Entonces, sacó las dichosas cajitas y las puso sobre el mostrador. Con la misma sonrisilla maliciosa de antes dibujada en mi diabólica cara, metí la mano en mi bolsillo, saqué la caja del color de marras, y la puse junto a las otras dos que tenía sobre el mostrador…

    - Andá- le dije con cara de sorpresa, -pues resulta que sí que lo fabrica… y pone Waterman…

    El tío se me quedó mirando con cara de “no me cago en tu padre pa no darte pistas de quién es” y no dijo ni mu. Volví a coger mi cajita, me la metí en el bolsillo y me fui con un educado “buenos días”.

    Jodé, ya sé que soy un poco cabrón, pero es que no sabéis lo que me toca los huevos que me tachen de mentiroso o de no saber lo que digo. Seguro que alguna vez os ha pasado algo similar, como cuando vas a una tienda preguntando por cierta prenda que visteis meses antes para ver si la siguen vendiendo y te dicen que “eso nunca lo han tenido”, o cosas así.

    Me estoy dando cuenta de que soy un poco joputa… es que… me está viniendo otra cosa a la mente… jo, lo siento, es que me ha venido…

    Yo era asiduo a Madrid Rock, que para quien no le suene de nada era una cadena de tiendas de música que había en Madrid, pero que hace unos años, cerraron, snif… El caso es que fui para ver si tenían el último LP (aun no tenía cd) de un tal Dwight Yoakam, que es un tipo que hace música tipo “honky tonk”, una rama del country… da igual. Le pregunté a uno de los que trabajaban allí y me preguntó sorprendidísimo: ¿¿¿de quiéeeeeen??? ¿¿¿y ese qué toca??? Que me da igual que no lo conociera, es imposible saber todos los nombres de todos los artistas, lo comprendo, pero coño, no me lo digas con esa expresión en la cara de “tu estás gilipollas o te has equivocao de nombre”. Entonces, le dije muy serio: si, hombre, sí, es un tipo que toca sevillanas en inglés, es muy famoso en Estados Unidos… creo que incluso ha grabado algo con Miguel Campoviejo, que a ese sí que le conoces ¿verdad?

    Claro, el tío se quedó a cuadros, y me como no sabía por donde salir me dice to serio: sí, bueno, al tío ese sí que le conozco, pero no tenemos nada del que me has dicho antes…

    Evidentemente, pululé un rato por la tienda  y cogí el disco del tal Yoakam, y, por cierto, el tal Campoviejo no era otro que Mike Oldfield.

    Bueno, yo creo que ha está bien por hoy, que como siga os va a dar miedo ir conmigo a comprar algo. Fin.

     

    Fdo. Luis Gómez.

     
    September 13

    Un día campestre... casi.

    Hola de nuevo, ciber-compis. Heme aquí otra vez para contaros una de mis tantas aventurillas, ocurrida esta vez cerca de Navacerrada.

    El otro día fuimos mi moza y yo a comer a casa de sus padres, y, aprovechando que íbamos, también se apuntaron su hermana pequeña and family, esto es: el cuñao que me pide ayuda para montar unas estanterías y se queda observando cómo lo hago, y el sobrinito. Después de comer, estuvimos charlando un ratillo y salió el tema de marcharnos el sábado a dar una vueltecilla en plan dominguero por la sierra. La cuñá nos comentó que había un sitio mu majete cerca de Rascafría  (el nombre indica lo bien que lo pasas allí en invierno) en el que habían estado y que les encantó, una praderita verde con sus árboles, su arroyo… vamos, un paraíso terrenal para los domingueros. Nos contaron también que, además de disfrutar de una comida campera, podríamos dar un paseo por la zona y visitar el monasterio de El Paular, que está ahí al lado y conocer también el Puente de el Perdón. También sería interesante caminar a lo largo del río para disfrutar así del paisaje y de las pequeñas cascadas que hay a lo largo de su cauce. Pero como todo en esta vida, todo tiene su precio. Los cuñaos no estaban por la labor de hacer comida dado que están reventaos desde que tuvieron a su entrañable retoño, por lo que me ofrecí a hacerla yo. Menú: ensaladilla rusa y filetes de cinta de lomo empanados, tan típico como exquisito.

    Pues bien, ¡no hubo pradera, ni monasterio, ni cascadas ni la madre que la parió! pero eso sí, pasamos por el puto Puente de El Perdón, que no es más que un puente de piedra como tantos que hay en España, ni más, ni menos. ¿Qué por qué se llama de El Perdón? Pues porque por allí cruzaban los acusados hacia el lugar donde se les juzgaba, y los que eran perdonados volvían a pasar por el puente, ya está. Vamos, que sanestrujao los sesos con la historia del puente, es como si a la Plaza de Castilla se le llamara la Plaza del perdón porque muchos salen de los Juzgados sin condena, no te jode.

    Pero vayamos al lío, que me disperso. Quedamos en Navacerrada a media mañana para, desde allí, dirigirnos hacia aquel maravilloso paraje natural llamado Las presillas, que así es como se llama la zona esta de domingueros.

    Cuando estábamos a punto de salir de casa, suena el teléfono. Era la cuñá. Me cuenta que se han levantado tarde y que llegarán a Navacerrada como tres cuartos de hora más tarde, cosa a la que no le di importancia porque no llevábamos prisa, así que le digo que allí estaremos y que cuando lleguen, han llegado, y punto.

    Mientras estábamos esperándoles en una terraza tomándonos un par de Coca Colas, observamos por el horizonte un nubarrón más negro que el ojete de un grillo y nos miramos deseando que sólo sea eso… un nubarrón, no el ojete de un grillo. Pero a los diez minutos de estar allí, aparece una familia de pijos de monte de esos que llevan el kit completo de aventurero de pasarela, y va y le dice a unos amigos que les acompañaban: sabéis que el tanto por ciento de probabilidades de que llueva es del 50 por ciento, ¿no?. Que también el tío es complicao, con lo fácil que es decir: “va a caer una chupa de agua que te cagas”, digo yo. Habrá que verle con su mujer cuando tenga ganas de ñaca-ñaca: cariño, teniendo en cuenta que hace más de diez minutos que mi pene ha dejado de estar en estado de reposo para pasar al de morcillón, calculo que la probabilidad de mantener relaciones sexuales esta noche es de un 60 por ciento. Pero bueno, el caso es que dijo lo que estábamos pensando mi moza y yo, que nos íbamos a calar.

    Al ratito, llegaron los cuñaos, perra incluida, en su flamante monovolumen (porque claro, cuando se tiene un hijo, hay que comprar un monovolumen ¿…?) que más o menos hace el mismo servicio que nuestro Ford Focus, y, por fin, nos encaminamos hacia el paraíso. No hicimos más que salir a la carretera y comenzó a chispear, y lo que era un nubarrón negro se transformó en una plaga de grillos enseñándonos el culo. “¡¡¡Puto día de campo que vamos a tener, cagonlahostiaputa!!!”, le dije a mi moza con mi habitual dulzura y templanza. La carretera también ayudaba, aquello tiene más curvas que el dibujo de las isobaras del hombre del tiempo, coño.

    Cuando llevábamos un rato bajando por aquella carretera, de repente vemos que los cuñaos se paran en una especie de área de descanso de esas que hay en los puertos en plan mirador. Paramos, nos bajamos a ver qué nos van a contar, pensando en un nuevo plan por lo inclemente del tiempo y: “es que el niño ha vomitado”. Así que, tras limpiar la pota del peque, comenzamos a darle vueltas a aquello de ir al campo y decidimos que casi iba a ser mejor quedarnos en Rascafría y, una vez allí, decidir que íbamos a hacer, porque además, ya se acercaba el momento de darle la papilla al niño y, claro, había que calentarla antes. El caso es que nos volvimos a meter en los coches y tiramos hacia allí, pero, después de otras cien putas curvas, vemos que se vuelven a desviar y se meten por un camino, por lo que volvimos a seguirles sin saber qué coño estaban haciendo. A los pocos metros de entrar en el camino, observamos cómo se paran en una caseta tipo a las que hay en la entrada de urbanizaciones o algo así. Charlan durante unos segundos y vemos asombrados, como rodean con el coche la caseta y dan la vuelta, volviendo por el mismo camino. Como no había sitio, nosotros también fuimos hacia la caseta para hacer la misma maniobra y salir de allí, entonces, al llegar a la altura del guardia le digo: “vamos con ellos, pero es que no sabemos qué coño están haciendo”, el hombre, al verme con cara alucinao, me explica que allí no admiten perros y que por eso no podemos pasar. El lugar en cuestión era el PRESUNTO DESTINO DE NUESTRO VIAJE, por lo que me quedé con cara de gilipollas pensado en qué tipo de campo es ese en el que no te dejan llevar un perro, aunque más tarde lo comprendí todo…

    En vista del éxito obtenido, volvimos a la carretera y, esta vez sin paradas sorpresa, llegamos a Rascafría. Aparcamos los coches y fuimos a buscar una terraza donde sentarnos a tomar algo mientras  comía el canijo. En la primera que vimos, nos sentamos, aunque no sé para qué, porque al rato salió la dueña para explicarnos que había cerrado y que hasta las cinco no volvería a abrir. Subimos calle arriba hacia otra terraza y por fin pudimos sentarnos. Le dimos el frasco papillero al camarero para que lo calentara y pedimos unas bebidas. El susodicho proyecto de barman resultó ser un “espabilator” de tres pares de cojones, ¡¡¡un pelo le faltó para tirar al suelo la papilla!!! El sobrinito comenzó a comer, la cosa iba bien de momento. Pero de repente el sibarita del nene, comenzó a rechazar la comida, parece ser que estaba algo fría, así que, volvimos a llamar a nuestro intrépido camarero para que volviera a calentarla. Al rato… al rato, volvió, nos dejó el frasco, esta vez sin equilibrios, y mi cuñá continuó dándole de comer, y todo iba bien hasta que de repente comenzó a berrear, por lo que supusimos que quizá seguía estando fría... o algo caliente… o poco pasada… ¡¡¡como no hablan, cojones!!!. En fin, al final se la comió, no sin antes pringar dos o tres muñequitos que lleva en el cochecito, el propio cochecito y gastar cincuenta servilletas a base de limpiarle los restos de papilla que cubrían su cara.

    Una vez superado el trámite del avituallamiento infantil, llegó el momento de alimentar a los adultos, que ya eran pasadas las tres de la tarde y nos sonaban las tripas como un sumidero atascado, hecho este que le importó un huevo al camarero porque el cabronazo tardó diez minutos en traernos la puta cuenta. Recogimos el campamento, porque ir con un niño es como prepararse para el rodaje de un capítulo de Al filo de lo imposible, y nos metimos en los coches para ver SI DE UNA PUTA VEZ, parábamos en algún sitio a comer ¡¡¡que la ensaladilla debía estar ya más verde que Shrek!!!

    Los cuñaos nos llevaron al monasterio de El Paular para poder aparcar los coches sin problema. Empezamos a sacar las cosas del maletero, a saber: de nuestro coche sacamos la nevera modelo “caben tantas cosas que vas a terminar con la espalda como una zeta”, una mochilita con utensilios y alimentos varios, una cazadora por si refresca y una camisa de manga larga para lo mismo. Del coche de los cuñaos salió la perra, una neverita, un… mira, ni lo sé, parecía que íbamos a un campamento de refugiados, coño. Menos mal que, al final, se quedó un día cojonudo y no nos llevó una riada perdidos por ahí.

    Cruzamos la carretera cargados hasta las trancas, y pasamos por el famoso Puente del Perdón, ese, que ya os digo, un puente de tantos. Seguimos camino adelante y, venga a andar, venga a andar, y que no veíamos un puto sitio para pararnos e iniciar el ágape. Todo estaba vallado,  por lo que no había forma de adentrarse en campo abierto. Después de andar un buen rato y de estar ya hasta los mismísimos de la puta neverita, llegamos a una puerta que daba acceso a las famosas Presillas, las mismas donde el guardia nos dijo que no se admitían perros, esas. Claro, yo miré al cuñao y le dije que no podíamos entrar con la perra, pero me dijo que hasta llegar al recinto en sí, quedaba un trecho y que podíamos “acampar” en cualquier claro antes de llegar, “ah, vale…”

    Pues nada, otra vez a caminar como gilipollas, que aquello parecía ya un paso de Semana Santa porque yo ya estaba hecho un “ecce homo”. El caso es que, según avanzábamos me iba acojonando más, porque yo no veía ni un puto lugar agradable para acampar y nos acercábamos peligrosamente a la “zona prohibida”. No hacía más que pensar que cómo era posible que hubiera un lugar tan idílico ahí mismo si lo único que nos rodeaba era un secarral con cuatro arbolitos famélicos, pero en fin, ellos sabrían ya que habían estado allí. Veíamos ya la entrada de Las Presillas, lo que nos acojonó, y, de repente, vimos un claro en la seca espesura. Giramos automáticamente y allí decidimos sentarnos a comer. Aquello era tan confortable como el colchón de un fakir, coño, no había más que restos resecos y puntiagudos de vegetación bajo nuestros pies. Yo miraba al cuñao, que iba con su conjunto tipo Coronel Tapioca, con sus pantaloncitos cortos de esos de ir a las Minas del Rey Salomón, y me lo veía por la noche con las piernas cubiertas de tiritas. Entonces, mi cuñá, sorprendiéndonos a todos, dice toda contenta: ¡¡¡he traído dos toallas de playa para sentarnos!!!. No sabéis cómo respiramos todos, que ya nos veíamos con el culo lleno pinchos. Así que, sacó las toallas, comenzamos a sacar las viandas y… “voy a cambiar al niño, que se ha hecho caca” (porque los niños hacen caca, no como los adultos que cagamos mierda pura). “Genial”, pensé. Me pregunto que pasaría si, saco una bolsa, la pongo encima de las toallas y me pongo a cagar en ella… ah, no, que soy adulto. Dado que ni a mi moza ni a mí nos apetecía un carajo ver cómo le limpiaba el culo al niño, el cuñao aprovechó para enseñarnos las putas Presillas para que al menos las viéramos, ya que éstas eran el fallido objetivo de nuestra salida dominguera. Fuimos mi moza, él y yo. Al llegar allí comprendí por qué no dejan pasar perros, lo que yo creía que era naturaleza salvaje era como una especie de piscina de las que hay en los Resorts estos que están tan de moda. Era una explanada de césped enorme, cortado al milímetro, y rodeada por una valla de piedra, muy común en aquella zona, el río Lozoya estaba lleno de pequeñas presas, o lo que es lo mismo, presillas, que formaban como unas piscinas naturales muy monas ellas. Vamos, que es como acampar en Central Park, pero la verdad es que estaba bonito, todo hay que decirlo, y seguramente volveremos, sin perro ni niño, algún día a comer tranquilamente.

    Después de dejarnos con la miel en los labios, volvimos a nuestro lecho de hojarasca y, por fin (gracias, Señor) comenzamos a comer. Allí estuvimos un rato poniéndonos como gorrinos y disfrutando de un merecido descanso después del largo y tortuoso camino. Y digo un rato porque plantamos el culo a eso de las cuatro y pico, y teniendo en cuenta que los cuñaos habían quedado a eso de las siete en casa de los padres de él, y yo quería estar a las ocho en casa para ver el partido, pues al poco de terminar de comer tuvimos que levantar el campamento, que no nos dio tiempo ni a que nos entrara modorra, joder. Así que, ya veis en lo que quedó el día de campo, si es que no trajimos  ni una puta brizna de hierba en los calcetines, coño.

    Pero vamos, lo pasamos bien y eso… Fin.

     

    Fdo. Luis Gómez.