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October 06 Odisea en el Metro
Hace varios años de esto, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Sé que os parecerá una historia un tanto rocambolesca, pero puedo aseguraros que me sucedió todo tal y como lo explico aquí. Un día cualquiera, de tantos, salí de mi casa y me dirigí al metro para ir a trabajar; como todos los días pasé mi abono-transporte por el torno y me encaminé por el pasillo de siempre a mi andén correspondiente de la línea circular. Para variar, iba adormilado y con la mente en blanco (porque yo tardo en despejarme un buen rato) y me situé en las escaleras mecánicas, como todos los días, pero mira tú por donde, el azar quiso que desde ese instante iba a ser un día diferente. En lugar de quedarme estático en las escaleras mecánicas para que me lleven ellas, que para eso se han inventado, tengo la costumbre de bajar además andando para ir más deprisa, y justo cuando estaba bajando, la señora a la que en ese momento estaba adelantando (por la izquierda, por supuesto) metió un estornudo que parecía que había expulsado al mismo Diablo, me dio un susto que te cagas e instintivamente la miré con los ojos de Homer Simpson y me aparté, dando un respingo, de ella, con tan mala suerte que al volver la vista al frente había perdido la referencia de los escalones y me torcí el tobillo, y tras interpretar una bonita e incoherente danza pseudo-tribal, recuperé la verticalidad y seguí como si tal cosa, altanero, impasible, con la mirada al frente, “tó digno”, ¡¡¡aunque el pie me dolía como su puta madre!!! El caso es que llegué a la oficina y, aunque tenía cierta molestia en el tobillo, no le di demasiada importancia, de hecho estuve trabajando sin problemas, aunque es verdad que esa mañana no me moví demasiado. Las horas pasaban y llegó la hora de comer. Cuando salí del edificio para volver al metro, comencé a sentir algo más que una molestia en el tobillo, con el tiempo se había ido enfriando y la torcedura comenzaba a revelarse. Llegué a casa sin problemas y comí como todos los días, tras lo cual, me tumbé en el sofá para intentar echar una cabezadita, pero el puñetero tobillo tenía ya vida propia y decidió que quería ser como el muñeco de Michelín. Yo al principio no me di cuenta de que se estaba hinchando, sólo sentía que el cabrón me estaba empezando a doler algo más que levemente. Al cabo de un ratillo, sin poder dormir ni un minuto, claro, me levanté del sofá y metí el pie en el zapato… ¡¡¡CAGONTÓ!!! ¡¡¡qué dolor!!!... pero como soy un cenutrio, pasé de todo y salí de nuevo a la calle para volver a la ofi. Según iba andando notaba cada vez más dolor, pero pensé que cuando se me fuera calentando dejaría de dolerme tanto, que acabaría el día más o menos molesto, pero nada más. Pues… no, nada más lejos de la realidad. Estando ya en el vagón del metro, comencé a sentirme realmente mal, notaba como se me iba la vista y la cabeza, y el jodío pie me dolía un huevo. Pasaban las estaciones y aquello empezó a ponerse francamente mal, estaba realmente mareado y notaba que me fallaban las piernas, comencé a sudar como un cerdo y notaba escalofríos por todo el cuerpo, comencé a ponerme nervioso y mi corazón palpitaba a toda leche, lo que provocó a su vez que empezara a respirar de forma extraña, como ahogándome. Ahí fue cuando me acojoné de verdad, me agarré a la barra del metro con todas mis fuerzas y, por casualidad, mi mirada se cruzó con mi mano… ¡¡¡blanca, la cabrona estaba blanca!!! En ese momento no sabía que coño me estaba pasando, me encontraba tan mal que no relacionaba mis síntomas con el terrible dolor que en ese momento me estaba provocando mi maltrecho tobillo, asustado por la blanca visión de mi mano, levanté las dos frente a mi cara para mirármelas y comprobé horrorizado que estaban de un blanco cerúleo que sólo había visto en los cadáveres de las películas, lo que me acojonó aún más y comencé a divagar… “cago en la hostia, ¿me estará dando un infarto?”, claro, la cosa no tenía pies ni cabeza, pero como en mi vida me había dado un mareo pues no sabía como era, además, como respiraba con esfuerzo, tenía taquicardia y veía que en cualquier momento me desplomaba pues… ¡¡¡infarto al canto!!! Imaginaos la situación, ahí estaba yo, con cara de Nosferatu, los ojos desorbitados mirándome las manos como si David Copperfield me hubiera hecho desaparecer una sandía y “tó trajeao”, apoyado en la puerta esperando como loco a que se abriera; me sentía como si estuviera metido en una burbuja y nadie pudiera verme, y mi cabeza comenzó a pensar gilipolleces… “jodé, ¿pero cómo voy a morir así, en un vagón de metro? ¡¡¡qué indigno y que triste!!!” jajajajajaaaa… os doy mi palabra que pensé en eso, jajaja, la mente es la hostia, toda mi obsesión era llegar a mi estación para que, si moría allí, algún compañero de trabajo me reconocería y podrían avisar a mi familia jajajaja… Por fin llegué y, cuando se abrió la puerta salí como alma que lleva el Diablo buscando como loco un lugar donde sentarme, parecía Frankestein, con los brazos extendidos y andando como un autómata jajaja… me senté en un banco del andén, bueno, me tiré en el banco y… despatarrado, triste y desconsolado esperé mi muerte… Ahora me descojono acordándome, pero os aseguro que lo pasé horrorosamente mal. Fueron pasando los minutos (nadie se acercó a ver si me pasaba algo, que humanidad hemos creado) y, poco a poco me fui tranquilizando, comencé a respirar normal y mi corazón recuperó su ritmo… “coño, pues no me muero…” así que, como pude, me dirigí a las taquillas de la estación para pedirle a los trabajadores del metro que me echaran una mano porque me seguía sintiendo como el culo. Al llegar arriba (joder, que profundo está el metro) fui cojeando y encorvado como Cuasimodo y, pegando la cara al cristal de la cabina del taquillero, le digo… “por favor, ayúdeme que me estoy mareando…” (apenas me salía la voz de lo “colgao” que estaba) “¿qué le pasa?” respondió medio acojonado el tío “que me encuentro muy mal, por favor, necesito sentarme”, le dije, empañando con mi aliento el cristal, “es que tenemos prohibida la entrada a las taquillas a quien no trabaje aquí…” yo alucinaba (nunca mejor dicho) y, noté como poco a poco me desvanecía. El pollo de la taquilla, al verse con un cadáver en el mostrador, salió con una silla y me ayudó a sentarme, dada la felina agilidad que mostraba en esos momentos. Y allí estaba yo, de color blanco roto (quién inventaría ese nombre…) sentado en el hall principal de una estación tan concurrida como Nuevos Ministerios, en todo el centro financiero de Madrid.
Continuará...
Fdo. Luis Gómez
(Alias Mónica Barranko)
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