LUIS's profileÁNGELES Y DEMONIOSPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
October 11 Odisea en el Metro... El desenlace
Hola, majetes, lo prometido es deuda, tal y como dije, hoy jueves, sabréis si muero o no...
Bien, nos habíamos quedado en que estaba sentado en una silla en medio de una concurridísima estación de metro de Madrid… El hombre de la taquilla se dirigió a mí para ver si podía hacer algo y para saber que me había ocurrido, “nada, no se preocupe, que me he torcido un tobillo esta mañana y del dolor que tengo ahora me he mareado, nada más”, le conté, “ah, bueno, si quiere poner una denuncia al Metro está en su derecho, le saco un parte y lo rellena”, me dijo sorprendentemente, yo hubiera preferido que me dijera que si quería llamaba a un médico pero… en fin, el caso es que se lo propuse yo, y el hombre, en el acto, eso sí, se metió en la cabina y llamó al SAMUR. Unos minutos después, se acercó un guardia de seguridad para ver que pasaba y el taquillero le explicó lo de mi tobillo y mi mareo, y allí se quedó conmigo, cuan escolta, junto a mi querida e incómoda silla, la cosa se animaba, como no llama la atención lo suficiente un tío con pinta de ejecutivo sentado solo en una silla con la cara blanca, se me queda el tío enorme ese a mi lado como si fuera a ingresarme en prisión… ¡¡¡lo ideal pa pasar desapercibido!!! ¿Recordáis que en el vagón mi deseo era llegar a esta estación para que un compañero pudiera reconocer mi cadáver? pues efectivamente, el primero de ellos apareció por la escalera y, claro, se fijó en un tío que había sentado en una silla con un maromo al lado… según se fue acercando se iba dando cuenta de que la cara de ese no muerto (Nosferatu) le sonaba un huevo… “¡¡¡hostias, Luis!!! ¿qué te ha pasado? ¡¡¡estás verde!!!”, me dijo entre asustado y descojonado; “estupendo, ahora estoy verde como Shrek, pasó mi etapa Nosferatu”, pensé… y comencé a contarle mi desafortunada experiencia, lo del tobillo y lo del mareo, claro, no mis tétricos pensamientos… A los pocos minutos llegó otra compañera, que reconociendo a mi compañero se acercó a ver que estaba haciendo hablando con un tío trajeado sentado en una silla con un guardia enorme a su lado… “¿Qué te ha pasado, Luis? ¡¡¡estás pálido como un muerto!!!” me dijo tocándome la frente para ver si tenía fiebre (supongo que sería por eso y no para ver cuan ancha era). El caso es que yo estaba tiritando a la vez que sudando, aunque la verdad es que me encontraba mejor. Mi querida compañera, al verme tiritar y sudar, me tapó con su abrigo, amablemente, y se fue a comprar una lata de Coca Cola para ver si recuperaba el resuello, lo que le agradecí de corazón, lo malo es que el abriguito que me puso encima a modo de chal… ¡¡¡ERA DE UN FUCSIA QUE LLORABAN LOS OJOS, COÑO!!!, y para colmo era como de angorina o algo así, parecía un pom-pom gigante ¡¡¡qué espectáculo!!! Por fin me llegó el refresco, que me sentó de vicio, y en ese momento llegaron los aguerridos muchachos del SAMUR, me tomaron la tensión, ya recuperada, y me dijeron que me ayudarían a salir a la calle para llevarme al hospital en la ambulancia. Total que, al primer compañero que me encontró, le nombré guardia custodio de mi zapato mientras me llevaban en volandas el del SAMUR y el guardia de seguridad, jodido momento, porque uno era bastante más alto que el otro, pero bueno, alcancé sano y salvo la calle, Coca Cola en mano, con mi abrigo fucsia y un tío detrás con un zapato en la mano, escena que ni a Alex de la Iglesia se le hubiera ocurrido. Me metieron en la ambulancia y me senté en la camilla, donde me pusieron hielo, pero al echarme hacia atrás, pensando que la ambulancia era más grande, me pegué una hostia con una estantería o yo que sé qué, cayéndome encima un montón de gasas, tubos y demás parafernalia “samuriana”; los tíos se asustaron de lo que sonó, pero sólo fue eso, ruido, menos mal que no me escalabré también. Mi compañero me devolvió el zapato y me dijo que diría en la oficina lo que había pasado para que lo supieran y no se preocuparan. La ambulancia paró en urgencias y, al abrir la puerta de la ambulancia me dice el tío, “ya puedes bajar”, y le respondo temeroso… “¿pero como voy a bajar si no puedo mover la pierna, coño?”, “ah, claro, ahora le ayudamos”, me dijo Einstein acercándose a mí con su compañero de escudero (sólo miraba), me apoyé en su hombro y me senté en una silla de ruedas que por su aspecto se diría que había corrido el París-Dakar. Una vez dentro me acercaron a admisión de urgencias y dejé mis datos, tras lo que saqué mi móvil y, justo cuando iba a llamar a mi mujer me increpó la enfermera, “aquí no se puede usar el móvil, señor”, “ya, ya, pero es que tengo que llamar a mi mujer para que sepa que estoy aquí”, le respondí son una sonrisa made in comercial, “si, pero es que no se puede usar porque puede interferir en los aparatos”, me volvió a insistir la enfermera, después de una fugaz mirada a mi bragueta para ver si efectivamente mi aparato se sentía interferido, le respondí de nuevo, esta vez sin sonrisa alguna, “mire, tengo que llamar a mi mujer para que sepa que estoy en el hospital, y punto, son dos minutos”. Llamé a su teléfono directo, pero con tan mala suerte que en ese momento no estaba en su despacho, así que le dije a una compañera que por favor intentara localizarla y que me llamara al móvil lo antes posible, que era importante; un minuto más o menos después me llamó… “hola, que me han dicho que te llame al móvil, ¿qué pasa?”, claro, me llamó con la seguridad de que algo había ocurrido porque en la vida digo a nadie de su trabajo que la localice y me llame lo antes posible porque es importante, “hola, vida”, le dije rápidamente, “no te preocupes que no pasa nada”, frase esta que provoca automáticamente el efecto contrario al receptor de la misma, curioso, “mira, estoy en el hospital porque me he torcido un tobillo y me he hecho polvo, pero me van a mirar ahora y ya está, ¿vale?, así que no te preocupes que no es nada importante, estoy en el hospital de La Princesa, en Diego de León”, le comenté en un tono tranquilizador, “vale, bueno, cojo un taxi y voy para allá, ¿pero estás bien?”, preguntó preocupada, “que siiiii, que no pasa naaada, que sólo me he jodido un pie, nada más, oye, que tengo que colgar que la enfermera esa va a venir con un bisturí o algo… un besito, ahora nos vemos”, y nos despedimos. Lógicamente no le conté mi experiencia mística en la que creí ir hacia la luz, porque entonces aparece en el hospital en helicóptero, jajaja… El caso es que no hago más que colgar a mi mujer cuando suena el teléfono, miré a la enfermera con cara de “no te doy pena que me duele mucho” y vi que era de mi oficina, “¿diga?” respondí temeroso, no de Dios, sino de la enfermera, “hostia tío, ¿cómo estás? ¿qué te ha pasado?” era mi compañero Miguel Ángel, con el que aún hoy día conservo una buena amistad, “hola chaval, nada, jodé, que me he torcido un tobillo y me he mareado en el metro del dolor, ahora me lo van a mirar”, le conté con un tono tranquilizador, “¿cómo que un tobillo, tío? si nos ha dicho Fernando (ángel custodio del zapato) que no sabía si te había dado un infarto o no sé que hostias, que se te había paralizado una pierna y te habías caído por las escaleras…” me respondió asustado el pobre… “¡QUE ME HA DADO UN INFARTOOOO? ¡¡¡PERO QUE COÑO ME ESTÁS CONTANDO, TÍO, ESTE FERNANDO ES GILIPOLLAS!!!”, rebuzné casi levantándome de la silla… “sí, jodé, sí, pero si estoy intentando localizar a tu mujer desde que me lo ha dicho este imbécil para ver si sabía algo”, respondió indignado, “no, no, ni se te ocurra que ya he hablado con ella y viene hacia aquí… oye, que luego te llamo, tengo que colgar, hasta luego”. Al ratito llegó mi mujer y le conté mi aventura desde el puto estornudo de aquella señora hasta ese momento… más o menos… sin misticismos jajaja… Tuve suerte porque en unos minutos me llamaron para hacerme las radiografías y poco después me llevaron a la consulta del doctor con los resultados, tal y como me imaginaba por la hinchazón y el dolor, era un esguince; quince días de reposo y “sacabó”. El doctor me vendó el pié, me dio un par de recetas de anti-inflamatorios y analgésicos y se despidió amablemente deseándome una pronta recuperación, abrió la puerta y se fue… El caso es que pasaban los minutos y… yo allí solo, con cara de gilipollas porque no sabía si tenía que salir ya de la consulta o vendría una enfermera a traerme la silla de ruedas que se había llevado al dejarme allí o… ¡¡¡ALGO!!! Por fin llegó una enfermera… “hola”, me dijo sin más… “eeemm… hola”, respondí dubitativo… “¿qué hace aquí? si ya le ha visto el doctor se puede ir a casa”, me informó la enfermera viendo mi cara de “despistao”, abrió la puerta y se fue también, así que, viendo que mi destino era morir allí de inanición, me levanté de la silla, perplejo, y sacando la cabeza por la puerta llamé a mi mujer, que estaba en la sala de espera, para que me trajera una silla de ruedas o algo para salir a la calle y pirarnos de allí de una puta vez. “¿Qué te han dejado ahí solo? ¡¡¡es que son la leche!!! espera aquí que voy a por una silla…”, me dijo mi amada “toa encabroná” y pasados unos segundos apareció con una silla de ruedas (que consiguió tras una dura pugna con la enfermera de recepción) que parecía que la había sacado de un desguace, me senté en ella y salimos por fin a la calle, donde pedimos un taxi y nos fuimos a casa, donde le narré mi apoteósica historia al completo… Hoy día se sigue descojonando cuando se acuerda… claro que… no me extraña… Fin.
Fdo. Luis Gómez (Alias Mónica Barranko) Comments (29)
TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://donde-esta-mi-pelo.spaces.live.com/blog/cns!9E0EE46D666A4026!642.trak Weblogs that reference this entry
|
|
|