LUIS's profileÁNGELES Y DEMONIOSPhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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September 13 Un día campestre... casi.Hola de nuevo, ciber-compis. Heme aquí otra vez para contaros una de mis tantas aventurillas, ocurrida esta vez cerca de Navacerrada. El otro día fuimos mi moza y yo a comer a casa de sus padres, y, aprovechando que íbamos, también se apuntaron su hermana pequeña and family, esto es: el cuñao que me pide ayuda para montar unas estanterías y se queda observando cómo lo hago, y el sobrinito. Después de comer, estuvimos charlando un ratillo y salió el tema de marcharnos el sábado a dar una vueltecilla en plan dominguero por la sierra. La cuñá nos comentó que había un sitio mu majete cerca de Rascafría (el nombre indica lo bien que lo pasas allí en invierno) en el que habían estado y que les encantó, una praderita verde con sus árboles, su arroyo… vamos, un paraíso terrenal para los domingueros. Nos contaron también que, además de disfrutar de una comida campera, podríamos dar un paseo por la zona y visitar el monasterio de El Paular, que está ahí al lado y conocer también el Puente de el Perdón. También sería interesante caminar a lo largo del río para disfrutar así del paisaje y de las pequeñas cascadas que hay a lo largo de su cauce. Pero como todo en esta vida, todo tiene su precio. Los cuñaos no estaban por la labor de hacer comida dado que están reventaos desde que tuvieron a su entrañable retoño, por lo que me ofrecí a hacerla yo. Menú: ensaladilla rusa y filetes de cinta de lomo empanados, tan típico como exquisito. Pues bien, ¡no hubo pradera, ni monasterio, ni cascadas ni la madre que la parió! pero eso sí, pasamos por el puto Puente de El Perdón, que no es más que un puente de piedra como tantos que hay en España, ni más, ni menos. ¿Qué por qué se llama de El Perdón? Pues porque por allí cruzaban los acusados hacia el lugar donde se les juzgaba, y los que eran perdonados volvían a pasar por el puente, ya está. Vamos, que sanestrujao los sesos con la historia del puente, es como si a la Plaza de Castilla se le llamara la Plaza del perdón porque muchos salen de los Juzgados sin condena, no te jode. Pero vayamos al lío, que me disperso. Quedamos en Navacerrada a media mañana para, desde allí, dirigirnos hacia aquel maravilloso paraje natural llamado Las presillas, que así es como se llama la zona esta de domingueros. Cuando estábamos a punto de salir de casa, suena el teléfono. Era la cuñá. Me cuenta que se han levantado tarde y que llegarán a Navacerrada como tres cuartos de hora más tarde, cosa a la que no le di importancia porque no llevábamos prisa, así que le digo que allí estaremos y que cuando lleguen, han llegado, y punto. Mientras estábamos esperándoles en una terraza tomándonos un par de Coca Colas, observamos por el horizonte un nubarrón más negro que el ojete de un grillo y nos miramos deseando que sólo sea eso… un nubarrón, no el ojete de un grillo. Pero a los diez minutos de estar allí, aparece una familia de pijos de monte de esos que llevan el kit completo de aventurero de pasarela, y va y le dice a unos amigos que les acompañaban: sabéis que el tanto por ciento de probabilidades de que llueva es del 50 por ciento, ¿no?. Que también el tío es complicao, con lo fácil que es decir: “va a caer una chupa de agua que te cagas”, digo yo. Habrá que verle con su mujer cuando tenga ganas de ñaca-ñaca: cariño, teniendo en cuenta que hace más de diez minutos que mi pene ha dejado de estar en estado de reposo para pasar al de morcillón, calculo que la probabilidad de mantener relaciones sexuales esta noche es de un 60 por ciento. Pero bueno, el caso es que dijo lo que estábamos pensando mi moza y yo, que nos íbamos a calar. Al ratito, llegaron los cuñaos, perra incluida, en su flamante monovolumen (porque claro, cuando se tiene un hijo, hay que comprar un monovolumen ¿…?) que más o menos hace el mismo servicio que nuestro Ford Focus, y, por fin, nos encaminamos hacia el paraíso. No hicimos más que salir a la carretera y comenzó a chispear, y lo que era un nubarrón negro se transformó en una plaga de grillos enseñándonos el culo. “¡¡¡Puto día de campo que vamos a tener, cagonlahostiaputa!!!”, le dije a mi moza con mi habitual dulzura y templanza. La carretera también ayudaba, aquello tiene más curvas que el dibujo de las isobaras del hombre del tiempo, coño. Cuando llevábamos un rato bajando por aquella carretera, de repente vemos que los cuñaos se paran en una especie de área de descanso de esas que hay en los puertos en plan mirador. Paramos, nos bajamos a ver qué nos van a contar, pensando en un nuevo plan por lo inclemente del tiempo y: “es que el niño ha vomitado”. Así que, tras limpiar la pota del peque, comenzamos a darle vueltas a aquello de ir al campo y decidimos que casi iba a ser mejor quedarnos en Rascafría y, una vez allí, decidir que íbamos a hacer, porque además, ya se acercaba el momento de darle la papilla al niño y, claro, había que calentarla antes. El caso es que nos volvimos a meter en los coches y tiramos hacia allí, pero, después de otras cien putas curvas, vemos que se vuelven a desviar y se meten por un camino, por lo que volvimos a seguirles sin saber qué coño estaban haciendo. A los pocos metros de entrar en el camino, observamos cómo se paran en una caseta tipo a las que hay en la entrada de urbanizaciones o algo así. Charlan durante unos segundos y vemos asombrados, como rodean con el coche la caseta y dan la vuelta, volviendo por el mismo camino. Como no había sitio, nosotros también fuimos hacia la caseta para hacer la misma maniobra y salir de allí, entonces, al llegar a la altura del guardia le digo: “vamos con ellos, pero es que no sabemos qué coño están haciendo”, el hombre, al verme con cara alucinao, me explica que allí no admiten perros y que por eso no podemos pasar. El lugar en cuestión era el PRESUNTO DESTINO DE NUESTRO VIAJE, por lo que me quedé con cara de gilipollas pensado en qué tipo de campo es ese en el que no te dejan llevar un perro, aunque más tarde lo comprendí todo… En vista del éxito obtenido, volvimos a la carretera y, esta vez sin paradas sorpresa, llegamos a Rascafría. Aparcamos los coches y fuimos a buscar una terraza donde sentarnos a tomar algo mientras comía el canijo. En la primera que vimos, nos sentamos, aunque no sé para qué, porque al rato salió la dueña para explicarnos que había cerrado y que hasta las cinco no volvería a abrir. Subimos calle arriba hacia otra terraza y por fin pudimos sentarnos. Le dimos el frasco papillero al camarero para que lo calentara y pedimos unas bebidas. El susodicho proyecto de barman resultó ser un “espabilator” de tres pares de cojones, ¡¡¡un pelo le faltó para tirar al suelo la papilla!!! El sobrinito comenzó a comer, la cosa iba bien de momento. Pero de repente el sibarita del nene, comenzó a rechazar la comida, parece ser que estaba algo fría, así que, volvimos a llamar a nuestro intrépido camarero para que volviera a calentarla. Al rato… al rato, volvió, nos dejó el frasco, esta vez sin equilibrios, y mi cuñá continuó dándole de comer, y todo iba bien hasta que de repente comenzó a berrear, por lo que supusimos que quizá seguía estando fría... o algo caliente… o poco pasada… ¡¡¡como no hablan, cojones!!!. En fin, al final se la comió, no sin antes pringar dos o tres muñequitos que lleva en el cochecito, el propio cochecito y gastar cincuenta servilletas a base de limpiarle los restos de papilla que cubrían su cara. Una vez superado el trámite del avituallamiento infantil, llegó el momento de alimentar a los adultos, que ya eran pasadas las tres de la tarde y nos sonaban las tripas como un sumidero atascado, hecho este que le importó un huevo al camarero porque el cabronazo tardó diez minutos en traernos la puta cuenta. Recogimos el campamento, porque ir con un niño es como prepararse para el rodaje de un capítulo de Al filo de lo imposible, y nos metimos en los coches para ver SI DE UNA PUTA VEZ, parábamos en algún sitio a comer ¡¡¡que la ensaladilla debía estar ya más verde que Shrek!!! Los cuñaos nos llevaron al monasterio de El Paular para poder aparcar los coches sin problema. Empezamos a sacar las cosas del maletero, a saber: de nuestro coche sacamos la nevera modelo “caben tantas cosas que vas a terminar con la espalda como una zeta”, una mochilita con utensilios y alimentos varios, una cazadora por si refresca y una camisa de manga larga para lo mismo. Del coche de los cuñaos salió la perra, una neverita, un… mira, ni lo sé, parecía que íbamos a un campamento de refugiados, coño. Menos mal que, al final, se quedó un día cojonudo y no nos llevó una riada perdidos por ahí. Cruzamos la carretera cargados hasta las trancas, y pasamos por el famoso Puente del Perdón, ese, que ya os digo, un puente de tantos. Seguimos camino adelante y, venga a andar, venga a andar, y que no veíamos un puto sitio para pararnos e iniciar el ágape. Todo estaba vallado, por lo que no había forma de adentrarse en campo abierto. Después de andar un buen rato y de estar ya hasta los mismísimos de la puta neverita, llegamos a una puerta que daba acceso a las famosas Presillas, las mismas donde el guardia nos dijo que no se admitían perros, esas. Claro, yo miré al cuñao y le dije que no podíamos entrar con la perra, pero me dijo que hasta llegar al recinto en sí, quedaba un trecho y que podíamos “acampar” en cualquier claro antes de llegar, “ah, vale…” Pues nada, otra vez a caminar como gilipollas, que aquello parecía ya un paso de Semana Santa porque yo ya estaba hecho un “ecce homo”. El caso es que, según avanzábamos me iba acojonando más, porque yo no veía ni un puto lugar agradable para acampar y nos acercábamos peligrosamente a la “zona prohibida”. No hacía más que pensar que cómo era posible que hubiera un lugar tan idílico ahí mismo si lo único que nos rodeaba era un secarral con cuatro arbolitos famélicos, pero en fin, ellos sabrían ya que habían estado allí. Veíamos ya la entrada de Las Presillas, lo que nos acojonó, y, de repente, vimos un claro en la seca espesura. Giramos automáticamente y allí decidimos sentarnos a comer. Aquello era tan confortable como el colchón de un fakir, coño, no había más que restos resecos y puntiagudos de vegetación bajo nuestros pies. Yo miraba al cuñao, que iba con su conjunto tipo Coronel Tapioca, con sus pantaloncitos cortos de esos de ir a las Minas del Rey Salomón, y me lo veía por la noche con las piernas cubiertas de tiritas. Entonces, mi cuñá, sorprendiéndonos a todos, dice toda contenta: ¡¡¡he traído dos toallas de playa para sentarnos!!!. No sabéis cómo respiramos todos, que ya nos veíamos con el culo lleno pinchos. Así que, sacó las toallas, comenzamos a sacar las viandas y… “voy a cambiar al niño, que se ha hecho caca” (porque los niños hacen caca, no como los adultos que cagamos mierda pura). “Genial”, pensé. Me pregunto que pasaría si, saco una bolsa, la pongo encima de las toallas y me pongo a cagar en ella… ah, no, que soy adulto. Dado que ni a mi moza ni a mí nos apetecía un carajo ver cómo le limpiaba el culo al niño, el cuñao aprovechó para enseñarnos las putas Presillas para que al menos las viéramos, ya que éstas eran el fallido objetivo de nuestra salida dominguera. Fuimos mi moza, él y yo. Al llegar allí comprendí por qué no dejan pasar perros, lo que yo creía que era naturaleza salvaje era como una especie de piscina de las que hay en los Resorts estos que están tan de moda. Era una explanada de césped enorme, cortado al milímetro, y rodeada por una valla de piedra, muy común en aquella zona, el río Lozoya estaba lleno de pequeñas presas, o lo que es lo mismo, presillas, que formaban como unas piscinas naturales muy monas ellas. Vamos, que es como acampar en Central Park, pero la verdad es que estaba bonito, todo hay que decirlo, y seguramente volveremos, sin perro ni niño, algún día a comer tranquilamente. Después de dejarnos con la miel en los labios, volvimos a nuestro lecho de hojarasca y, por fin (gracias, Señor) comenzamos a comer. Allí estuvimos un rato poniéndonos como gorrinos y disfrutando de un merecido descanso después del largo y tortuoso camino. Y digo un rato porque plantamos el culo a eso de las cuatro y pico, y teniendo en cuenta que los cuñaos habían quedado a eso de las siete en casa de los padres de él, y yo quería estar a las ocho en casa para ver el partido, pues al poco de terminar de comer tuvimos que levantar el campamento, que no nos dio tiempo ni a que nos entrara modorra, joder. Así que, ya veis en lo que quedó el día de campo, si es que no trajimos ni una puta brizna de hierba en los calcetines, coño. Pero vamos, lo pasamos bien y eso… Fin.
Fdo. Luis Gómez. Comments (24)
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