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ÁNGELES Y DEMONIOS

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... LUIS

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Vivo y dejo vivir...
第 1 张,共 33 张
10月6日

Más cortos...

¿Qué hay de nuevo, viejo?, que decía Bugs Bunny… Estaba a punto de coger mi guitarra para machacar de nuevo los oídos de mi moza, cuando me he dicho pa mi mimmo, “no, mejor escribo algo en el blog, que me duelen menos los dedos”, y en ello estoy, oye.

 

 **********

 

Pues eso, que ahí sigo dándole a las seis cuerdas. Tengo que deciros que es más difícil de lo que yo pensaba. Que, por cierto, no sabéis lo que me toca los cojones la panda resabiaos de turno, sí, sí, los de: “en cuatro meses estás tocando”, ¡¡¡y una polla!!! cuatro meses después de haber empezado las clases, lo único que sigo tocando son los cojones con tanto gling, glang, glong…

Y es que son multitud de cosas diferentes, y todas a la vez. Me recuerda a cuando aprendí a conducir, que parecía imposible dominar el volante a la vez que controlabas los espejos retrovisores mientras pisabas el embrague después de soltar el acelerador y meter la marcha adecuada… que dicho así, de carrerilla, me parece mentira conducir tan tranquilo.

Con la guitarra pasa lo mismo, tengo que poner los dedos de la mano izquierda en la posición correcta sobre las cuerdas, en el mástil, de forma que no distorsione al golpearlas con la mano derecha, teniendo en cuenta el número exacto de estas que tiene cada acorde para que suene como tiene que sonar, pero como sólo tengo dos ojos, no puedo mirar a la vez las dos manos, a no ser que sea “el Dioni” o Fernando Trueba. Y si pretendo canturrear alguna canción, la cosa se complica, porque parece ser que mi neurona se centra en sólo una de las dos  acciones, o tocar, o cantar, si se le puede llamar cantar a lo que hago, claro.

No creáis que me estoy desanimando, no, lo que pasa es que es muy, muy pesado aprender, porque, claro, lo que quiero es saber tocar de verdad, no aprenderme unos acordes para cantar horteradas sentado junto a una hoguera. Tampoco pretendo ser Brian May, pero vaya, sí aspiro a saber tocar todo tipo de música.

Aunque hay momentos en los que me desespero, he de confesaros que día a día noto los progresos, lo que hace que me incentive más aún, incluso dosifico las sesiones para no “engancharme” a la guitarra, porque practicaría  bastante más de lo que lo hago, pero es que no quiero estar todo el día dándole, porque al final pasa como con Internet, que sin darte cuenta te pasas las horas muertas delante de la pantalla.

Y hablando de Internet, hay una página acojonante en la que dispones de un montón de canciones, bueno, sólo la música base, para que toques a la vez la guitarra, con lo que, además de practicar lo pasas que te pex.

Lo dicho, que en ello estoy. Quien sabe, igual un día me grabo un vídeo y lo planto en el blog para deleitaros con mi arte…

 

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 ¡¡¡La cara de gilipollas que se le ha quedado al pobre Gallardón con lo de las Olimpiadas!!! Os digo yo que no vuelve a escuchar una samba en su puta vida. Bueno y, ¿ahora qué? ¿le echará dos cojones y se presentará para 2020 o dejara por fin de abrir Madrid en canal?

Si os digo la verdad, me hubiera gustado tener aquí unas Olimpiadas, no sé, creo que le viene bien a la ciudad organizadora en muchos sentidos, publicidad a nivel mundial, infraestructuras, posibles inversiones extranjeras… pero bueno, quizá algún día se celebren aquí, sólo los dioses del Olimpo lo saben...

 

**********

 

 Muchas veces he tenido que escuchar, o leer, lo de: “es que los de ciudad…”, qué pasa con los de ciudad, ¿algún problema? Que si no sabemos comer, que si respiramos humo, que si no disfrutamos de la vida, que si todo el día corriendo, que si no conocemos ni a nuestros vecinos… Sí, vale, pero ¿y la vida en los pueblos, qué?.

Como decía María Ostiz en su canción: “un pueblo es abrir una ventana en la mañana y respirar, la sonrisa del aire en cada esquina y trabajar, y trabajar…” pues qué divertido, coño. Efectivamente, abres la ventana y respiras… ¡¡¡un tufo a mierda de vaca que tira de espaldas, no te jode la otra!!! Y qué pasa, ¿qué en las ciudades no se trabaja, o qué? Eso sí, lo que debe ser maravilloso es que te conozca tol mundo, que como te tires un pedo por la calle lo sabe todo el pueblo a los diez minutos. Qué queréis que os diga, me quedo con el anonimato de la urbe. Y luego lo de los motes, no hay autóctono de pueblo que se precie sin un mote, que en muchas ocasiones es heredado, si tu abuelo era “el calandracas”, el nieto será “el nieto del calandracas” o “el calandraquito” que es mucho peor porque ya es un mote personalizado. “Es que, la tranquilidad con la que se vive en los pueblos…” ¡¡¡nos ha jodido, porque es sota, caballo y rey!!!, al final no te queda más huevos que ir siempre a los mismos sitios porque no hay más. En una ciudad tienes infinidad de todo, desde cines a restaurantes, y ya no digo la oferta comercial que hay, encuentras prácticamente de todo. Y esa ostentación que hay en los pueblos… como “el Rufino” se compre el Range Rover, “el Tomasín”, el de “los calandracas”, no duerme hasta que se pueda comprar otro, y con remolque si “pué se”.  Lo que no sé es por qué se quejan tanto algunos de los programas de cotilleo, a fin de cuentas es lo que se lleva haciendo hace siglos en los pueblos. No hay pueblo que se precie sin sus viejas sentadas en la puerta de casa “fichando” y desguazando a todo el que se ponga a tiro.

Pero lo mejor lo reservan para las fiestas, que no pueden ser más bestias porque irían a la cárcel, coño. Por supuesto, los del pueblo de al lado no les van a superar, si sus fuegos artificiales (también llamados “la pólvora” en muchos sitios) han sido espectaculares, ya están maquinando para ver si pueden agenciarse explosivo plástico para superarles, que como no sean los mejores es un deshonor de la hostia. Y como se le ocurra a uno del pueblo de “al lao” aparecer por las fiestas y acercarse a las mozas… ojo, que como no esté al quite la Benemérita, linchan al pobre “forastero”, porque en los pueblos, quien no es de allí es “el forastero”, como en las pelis del oeste pero más cañí.

Eso sí, cuando hay que reivindicar o protestar por algo, donde va todo el mundo a dar por el culo es a las ciudades, que para ir a joder a los urbanitas nadie pone pegas, ¡¡¡cagonlaputa!!!

En fin, que con todos sus defectos, que los tiene, me quedo con la ciudad. Aunque, lógicamente, cada cual tira para su patria chica… Joder, ahora que me doy cuenta… ya no vivo en Madrid, ¡¡¡vivo en un pueblo!!!. Fin.

 

Fdo. Luis Gómez.

 
9月21日

La (mala) atención al público.

Hola a todos. Pues aquí estoy otra vez para que hagáis uso del colirio antes de que os caduque.

Hace unos días estuvimos mi moza y yo en una feria de manualidades que se celebraba en el Palacio de Congresos. Es que a mi moza le gusta mucho el tema y además se le da muy bien, no el ir a ferias, me refiero a hacer manualidades, jodé, que lo tengo que explicar todo. Bien, el caso es que aunque dicha feria iba dirigida a los profesionales admitían público, eso sí, al módico precio de 8,50 euracos por barba, ¡¡¡que manda huevos!!! pero bueno, como Rocío estaba muy interesada pues pagamos las entradas y punto, total, un día es un día. Al entrar te hacían rellenar un pequeño cuestionario en el que especificabas si eras profesional (nobleza) o visitante (plebeyo), y según tu “rango” te daban una identificación para colgarte al cuello de color amarillo o azul. Casualmente la de color azul era la de los profesionales, supongo que por lo azul de su noble sangre. Me jodió sobre todo que al final tampoco era nada del otro mundo, y con las ganas que tenía mi artística moza de verla, se llevó una pequeña desilusión, aunque hubo muchas cosas que le gustaron, no todo era malo.

Pero a lo que voy no es al contenido de dicha exposición, no, de lo que quiero hablar es del distante trato que los diferentes feriantes nos dieron a los visitantes. Como es lógico, cuando estás en un lugar como este, vas de un lado a otro mirando todo lo que tienes delante, que para eso vas, digo yo, no para quedarte detrás de una columna. Pues bien,  las contadísimas veces que se nos acercó alguien a interesarse por nosotros (digo nosotros refiriéndome a los visitantes en general, no sólo a mi moza y a mí), no hacían más que ver la cinta amarilla y se daban la vuelta como si no existieras, que hasta me empecé a preocupar pensando que tenía pérdidas gaseosas y no me había dado cuenta, coño. ¡¡¡Como de la mierda pasaban de nosotros!!! Que, oye, me parece muy bien que lo que les interesaba era conseguir clientes para sus productos, es lógico, pero coño, que el resto también éramos personas. Y además, ¿quién les asegura que muchos de los que allí estábamos mirando no íbamos a poner un negocio de ese sector?

Reconozco que soy algo exagerado  pero, es que cuando estoy en cualquier comercio y no me atienden bien, se me llevan los demonios. Supongo que será porque como he trabajado casi toda mi vida en el sector comercial y siempre he tratado lo mejor posible a mis clientes, no soporto que no hagan lo mismo conmigo.  Estoy observando durante los últimos años, que cada vez es más corriente encontrarte con “despachamierdas” en los comercios, y digo “despachamierdas” porque tienen el mismo gesto que si tuvieran una delante, coño. ¿Tanto cuesta ser amable? Tampoco estoy diciendo que se tengan que besar culos, es tan simple como tratar a la gente con educación, ni más, ni menos. ¿No se dan cuenta que, dentro de la dificultad de vender algo, será más probable hacerlo interesándote por el cliente? Mirad, me estoy acordando de cuando me compré mis flamantes Nike Air. No son las clásicas deportivas de suela gruesa, son muy finas y de una piel muy suave y flexible, para que os hagáis una idea, parecen botas de fútbol. Bien, os explico esto por algo, no para presumir de calzado. Cuando estaba buscando unas deportivas, no tenía ninguna intención de comprarme las que al final me llevé porque nunca me habían atraído, las veía raras, “mu finuchas”, para que sepáis a lo que me refiero. El caso es que la persona que estaba en aquella tienda, hizo algo impensable, y difícil,  para la mayoría de los “despachamierdas” que nos están invadiendo: escuchaba lo que le decía ¡¡¡MILAGRO!!! Tras hablar un rato y probarme algunos modelos que no me convencieron, le expliqué lo que me gustaría tener y me sacó dicho modelo. Al principio le dije que no quería ese tipo de deportiva, que no me veía con él, pero me insistió tan amablemente y argumentándome de tal manera el por qué quería que me las probara, que al final accedí. Y la jodía acertó de pleno. Coño, que no es tan difícil atender a la gente. Qué sí, que sé perfectamente que hay mucho pesao y mucho tocapelotas, he topado con muchos, pero son la minoría, jodé, la mayoría de la gente es agradable y, si alguien va a un comercio, es porque está buscando algo, no para pasear (aunque también los hay, también).

Ayer salimos a cenar. Como era domingo por la noche, pues la verdad es que el restaurante no estaba lo que se dice abarrotado, por desgracia para ellos, así que, había un montón de mesas libres. Pues, jodé, ¿por qué coño nos tiene que sentar en un puto rincón al lado de la cocina? si a la pedorra de la camarera le gusta comer en el sótano no es nuestro problema, hostia. Pues bien, en lugar de tener a dos comensales contentos nada más llegar, ya se creó dos enemigos, y todo por el mismo precio. El caso es que al ratito de sentarnos le dije que nos cambiara de mesa y pudimos ver lo que comíamos, pero vamos, que si no se lo digo comemos de oído. Además era una tía seca de esas que parece que te hacen un favor cuando te atienden, menos mal que el camarero que nos tocó en la mesa iluminada era más majo que las pesetas.

Me viene también a la mente un día que fui a comprar cartuchos de tinta para una de mis plumas (sí, me gusta escribir con pluma, no amanerado, con estilográfica). Me metí en una papelería y pedí mis cartuchos de Waterman del color azul que me gusta:

- Buenos días, quería unos cartuchos de Waterman de color azul, pero no del claro ni del clásico, sino de ese que es como grisáceo, es que no me acuerdo de los nombres.

- Pues los que tengo son estos dos.

- Ah, bueno pues… gracias de todas formas, es que el que busco no es ninguno de estos dos.

- Es que de Waterman sólo hay estos dos azules, los únicos colores que fabrica son estos dos, el negro y el rojo.

- Mmm… yo creo que no, porque yo utilizo mucho el color que le digo… pero vamos, que da igual…

- Hombre, me va a decir a mí lo que tiene o no Waterman con los años que llevo vendiendo la marca, será que se está confundiendo con otra. Vamos, seguro.

Ese fue su gran error. A pesar de creer que llevaba razón, nunca debió jactarse de ello delante de mí, porque, sin saberlo, me estaba tocando los cojones y la cosa no iba a quedar ahí. Hubiera sido facilísimo, además de muy correcto, decirme simplemente que no lo tenía en ese momento y que no estaba seguro de cuando iba a recibir el pedido de esa marca, con lo que me hubiera ido tan tranquilo y ya está ¿o no?

Compré los dichosos cartuchos en otra papelería y, unos días después, volví a la del “sabiondo los cojones”.

- Buenos días, quería saber si ya ha recibido el pedido de Waterman; lo digo para ver si le ha llegado el color ese de tinta de pluma que le pedí.

- Ah, sí… pero no me acuerdo muy bien de cual era…

-Cómo no, era ese de color azul grisáceo que me gusta tanto… (dije con una maliciosa sonrisilla).

- Sí… ya le dije que no, que no se fabrica, que sólo tiene dos azules.

- Qué faena, con lo que me gusta… ¿le importaría sacarme una cajita de cada, por favor?

- Ahora mismo…

Entonces, sacó las dichosas cajitas y las puso sobre el mostrador. Con la misma sonrisilla maliciosa de antes dibujada en mi diabólica cara, metí la mano en mi bolsillo, saqué la caja del color de marras, y la puse junto a las otras dos que tenía sobre el mostrador…

- Andá- le dije con cara de sorpresa, -pues resulta que sí que lo fabrica… y pone Waterman…

El tío se me quedó mirando con cara de “no me cago en tu padre pa no darte pistas de quién es” y no dijo ni mu. Volví a coger mi cajita, me la metí en el bolsillo y me fui con un educado “buenos días”.

Jodé, ya sé que soy un poco cabrón, pero es que no sabéis lo que me toca los huevos que me tachen de mentiroso o de no saber lo que digo. Seguro que alguna vez os ha pasado algo similar, como cuando vas a una tienda preguntando por cierta prenda que visteis meses antes para ver si la siguen vendiendo y te dicen que “eso nunca lo han tenido”, o cosas así.

Me estoy dando cuenta de que soy un poco joputa… es que… me está viniendo otra cosa a la mente… jo, lo siento, es que me ha venido…

Yo era asiduo a Madrid Rock, que para quien no le suene de nada era una cadena de tiendas de música que había en Madrid, pero que hace unos años, cerraron, snif… El caso es que fui para ver si tenían el último LP (aun no tenía cd) de un tal Dwight Yoakam, que es un tipo que hace música tipo “honky tonk”, una rama del country… da igual. Le pregunté a uno de los que trabajaban allí y me preguntó sorprendidísimo: ¿¿¿de quiéeeeeen??? ¿¿¿y ese qué toca??? Que me da igual que no lo conociera, es imposible saber todos los nombres de todos los artistas, lo comprendo, pero coño, no me lo digas con esa expresión en la cara de “tu estás gilipollas o te has equivocao de nombre”. Entonces, le dije muy serio: si, hombre, sí, es un tipo que toca sevillanas en inglés, es muy famoso en Estados Unidos… creo que incluso ha grabado algo con Miguel Campoviejo, que a ese sí que le conoces ¿verdad?

Claro, el tío se quedó a cuadros, y me como no sabía por donde salir me dice to serio: sí, bueno, al tío ese sí que le conozco, pero no tenemos nada del que me has dicho antes…

Evidentemente, pululé un rato por la tienda  y cogí el disco del tal Yoakam, y, por cierto, el tal Campoviejo no era otro que Mike Oldfield.

Bueno, yo creo que ha está bien por hoy, que como siga os va a dar miedo ir conmigo a comprar algo. Fin.

 

Fdo. Luis Gómez.

 
9月13日

Un día campestre... casi.

Hola de nuevo, ciber-compis. Heme aquí otra vez para contaros una de mis tantas aventurillas, ocurrida esta vez cerca de Navacerrada.

El otro día fuimos mi moza y yo a comer a casa de sus padres, y, aprovechando que íbamos, también se apuntaron su hermana pequeña and family, esto es: el cuñao que me pide ayuda para montar unas estanterías y se queda observando cómo lo hago, y el sobrinito. Después de comer, estuvimos charlando un ratillo y salió el tema de marcharnos el sábado a dar una vueltecilla en plan dominguero por la sierra. La cuñá nos comentó que había un sitio mu majete cerca de Rascafría  (el nombre indica lo bien que lo pasas allí en invierno) en el que habían estado y que les encantó, una praderita verde con sus árboles, su arroyo… vamos, un paraíso terrenal para los domingueros. Nos contaron también que, además de disfrutar de una comida campera, podríamos dar un paseo por la zona y visitar el monasterio de El Paular, que está ahí al lado y conocer también el Puente de el Perdón. También sería interesante caminar a lo largo del río para disfrutar así del paisaje y de las pequeñas cascadas que hay a lo largo de su cauce. Pero como todo en esta vida, todo tiene su precio. Los cuñaos no estaban por la labor de hacer comida dado que están reventaos desde que tuvieron a su entrañable retoño, por lo que me ofrecí a hacerla yo. Menú: ensaladilla rusa y filetes de cinta de lomo empanados, tan típico como exquisito.

Pues bien, ¡no hubo pradera, ni monasterio, ni cascadas ni la madre que la parió! pero eso sí, pasamos por el puto Puente de El Perdón, que no es más que un puente de piedra como tantos que hay en España, ni más, ni menos. ¿Qué por qué se llama de El Perdón? Pues porque por allí cruzaban los acusados hacia el lugar donde se les juzgaba, y los que eran perdonados volvían a pasar por el puente, ya está. Vamos, que sanestrujao los sesos con la historia del puente, es como si a la Plaza de Castilla se le llamara la Plaza del perdón porque muchos salen de los Juzgados sin condena, no te jode.

Pero vayamos al lío, que me disperso. Quedamos en Navacerrada a media mañana para, desde allí, dirigirnos hacia aquel maravilloso paraje natural llamado Las presillas, que así es como se llama la zona esta de domingueros.

Cuando estábamos a punto de salir de casa, suena el teléfono. Era la cuñá. Me cuenta que se han levantado tarde y que llegarán a Navacerrada como tres cuartos de hora más tarde, cosa a la que no le di importancia porque no llevábamos prisa, así que le digo que allí estaremos y que cuando lleguen, han llegado, y punto.

Mientras estábamos esperándoles en una terraza tomándonos un par de Coca Colas, observamos por el horizonte un nubarrón más negro que el ojete de un grillo y nos miramos deseando que sólo sea eso… un nubarrón, no el ojete de un grillo. Pero a los diez minutos de estar allí, aparece una familia de pijos de monte de esos que llevan el kit completo de aventurero de pasarela, y va y le dice a unos amigos que les acompañaban: sabéis que el tanto por ciento de probabilidades de que llueva es del 50 por ciento, ¿no?. Que también el tío es complicao, con lo fácil que es decir: “va a caer una chupa de agua que te cagas”, digo yo. Habrá que verle con su mujer cuando tenga ganas de ñaca-ñaca: cariño, teniendo en cuenta que hace más de diez minutos que mi pene ha dejado de estar en estado de reposo para pasar al de morcillón, calculo que la probabilidad de mantener relaciones sexuales esta noche es de un 60 por ciento. Pero bueno, el caso es que dijo lo que estábamos pensando mi moza y yo, que nos íbamos a calar.

Al ratito, llegaron los cuñaos, perra incluida, en su flamante monovolumen (porque claro, cuando se tiene un hijo, hay que comprar un monovolumen ¿…?) que más o menos hace el mismo servicio que nuestro Ford Focus, y, por fin, nos encaminamos hacia el paraíso. No hicimos más que salir a la carretera y comenzó a chispear, y lo que era un nubarrón negro se transformó en una plaga de grillos enseñándonos el culo. “¡¡¡Puto día de campo que vamos a tener, cagonlahostiaputa!!!”, le dije a mi moza con mi habitual dulzura y templanza. La carretera también ayudaba, aquello tiene más curvas que el dibujo de las isobaras del hombre del tiempo, coño.

Cuando llevábamos un rato bajando por aquella carretera, de repente vemos que los cuñaos se paran en una especie de área de descanso de esas que hay en los puertos en plan mirador. Paramos, nos bajamos a ver qué nos van a contar, pensando en un nuevo plan por lo inclemente del tiempo y: “es que el niño ha vomitado”. Así que, tras limpiar la pota del peque, comenzamos a darle vueltas a aquello de ir al campo y decidimos que casi iba a ser mejor quedarnos en Rascafría y, una vez allí, decidir que íbamos a hacer, porque además, ya se acercaba el momento de darle la papilla al niño y, claro, había que calentarla antes. El caso es que nos volvimos a meter en los coches y tiramos hacia allí, pero, después de otras cien putas curvas, vemos que se vuelven a desviar y se meten por un camino, por lo que volvimos a seguirles sin saber qué coño estaban haciendo. A los pocos metros de entrar en el camino, observamos cómo se paran en una caseta tipo a las que hay en la entrada de urbanizaciones o algo así. Charlan durante unos segundos y vemos asombrados, como rodean con el coche la caseta y dan la vuelta, volviendo por el mismo camino. Como no había sitio, nosotros también fuimos hacia la caseta para hacer la misma maniobra y salir de allí, entonces, al llegar a la altura del guardia le digo: “vamos con ellos, pero es que no sabemos qué coño están haciendo”, el hombre, al verme con cara alucinao, me explica que allí no admiten perros y que por eso no podemos pasar. El lugar en cuestión era el PRESUNTO DESTINO DE NUESTRO VIAJE, por lo que me quedé con cara de gilipollas pensado en qué tipo de campo es ese en el que no te dejan llevar un perro, aunque más tarde lo comprendí todo…

En vista del éxito obtenido, volvimos a la carretera y, esta vez sin paradas sorpresa, llegamos a Rascafría. Aparcamos los coches y fuimos a buscar una terraza donde sentarnos a tomar algo mientras  comía el canijo. En la primera que vimos, nos sentamos, aunque no sé para qué, porque al rato salió la dueña para explicarnos que había cerrado y que hasta las cinco no volvería a abrir. Subimos calle arriba hacia otra terraza y por fin pudimos sentarnos. Le dimos el frasco papillero al camarero para que lo calentara y pedimos unas bebidas. El susodicho proyecto de barman resultó ser un “espabilator” de tres pares de cojones, ¡¡¡un pelo le faltó para tirar al suelo la papilla!!! El sobrinito comenzó a comer, la cosa iba bien de momento. Pero de repente el sibarita del nene, comenzó a rechazar la comida, parece ser que estaba algo fría, así que, volvimos a llamar a nuestro intrépido camarero para que volviera a calentarla. Al rato… al rato, volvió, nos dejó el frasco, esta vez sin equilibrios, y mi cuñá continuó dándole de comer, y todo iba bien hasta que de repente comenzó a berrear, por lo que supusimos que quizá seguía estando fría... o algo caliente… o poco pasada… ¡¡¡como no hablan, cojones!!!. En fin, al final se la comió, no sin antes pringar dos o tres muñequitos que lleva en el cochecito, el propio cochecito y gastar cincuenta servilletas a base de limpiarle los restos de papilla que cubrían su cara.

Una vez superado el trámite del avituallamiento infantil, llegó el momento de alimentar a los adultos, que ya eran pasadas las tres de la tarde y nos sonaban las tripas como un sumidero atascado, hecho este que le importó un huevo al camarero porque el cabronazo tardó diez minutos en traernos la puta cuenta. Recogimos el campamento, porque ir con un niño es como prepararse para el rodaje de un capítulo de Al filo de lo imposible, y nos metimos en los coches para ver SI DE UNA PUTA VEZ, parábamos en algún sitio a comer ¡¡¡que la ensaladilla debía estar ya más verde que Shrek!!!

Los cuñaos nos llevaron al monasterio de El Paular para poder aparcar los coches sin problema. Empezamos a sacar las cosas del maletero, a saber: de nuestro coche sacamos la nevera modelo “caben tantas cosas que vas a terminar con la espalda como una zeta”, una mochilita con utensilios y alimentos varios, una cazadora por si refresca y una camisa de manga larga para lo mismo. Del coche de los cuñaos salió la perra, una neverita, un… mira, ni lo sé, parecía que íbamos a un campamento de refugiados, coño. Menos mal que, al final, se quedó un día cojonudo y no nos llevó una riada perdidos por ahí.

Cruzamos la carretera cargados hasta las trancas, y pasamos por el famoso Puente del Perdón, ese, que ya os digo, un puente de tantos. Seguimos camino adelante y, venga a andar, venga a andar, y que no veíamos un puto sitio para pararnos e iniciar el ágape. Todo estaba vallado,  por lo que no había forma de adentrarse en campo abierto. Después de andar un buen rato y de estar ya hasta los mismísimos de la puta neverita, llegamos a una puerta que daba acceso a las famosas Presillas, las mismas donde el guardia nos dijo que no se admitían perros, esas. Claro, yo miré al cuñao y le dije que no podíamos entrar con la perra, pero me dijo que hasta llegar al recinto en sí, quedaba un trecho y que podíamos “acampar” en cualquier claro antes de llegar, “ah, vale…”

Pues nada, otra vez a caminar como gilipollas, que aquello parecía ya un paso de Semana Santa porque yo ya estaba hecho un “ecce homo”. El caso es que, según avanzábamos me iba acojonando más, porque yo no veía ni un puto lugar agradable para acampar y nos acercábamos peligrosamente a la “zona prohibida”. No hacía más que pensar que cómo era posible que hubiera un lugar tan idílico ahí mismo si lo único que nos rodeaba era un secarral con cuatro arbolitos famélicos, pero en fin, ellos sabrían ya que habían estado allí. Veíamos ya la entrada de Las Presillas, lo que nos acojonó, y, de repente, vimos un claro en la seca espesura. Giramos automáticamente y allí decidimos sentarnos a comer. Aquello era tan confortable como el colchón de un fakir, coño, no había más que restos resecos y puntiagudos de vegetación bajo nuestros pies. Yo miraba al cuñao, que iba con su conjunto tipo Coronel Tapioca, con sus pantaloncitos cortos de esos de ir a las Minas del Rey Salomón, y me lo veía por la noche con las piernas cubiertas de tiritas. Entonces, mi cuñá, sorprendiéndonos a todos, dice toda contenta: ¡¡¡he traído dos toallas de playa para sentarnos!!!. No sabéis cómo respiramos todos, que ya nos veíamos con el culo lleno pinchos. Así que, sacó las toallas, comenzamos a sacar las viandas y… “voy a cambiar al niño, que se ha hecho caca” (porque los niños hacen caca, no como los adultos que cagamos mierda pura). “Genial”, pensé. Me pregunto que pasaría si, saco una bolsa, la pongo encima de las toallas y me pongo a cagar en ella… ah, no, que soy adulto. Dado que ni a mi moza ni a mí nos apetecía un carajo ver cómo le limpiaba el culo al niño, el cuñao aprovechó para enseñarnos las putas Presillas para que al menos las viéramos, ya que éstas eran el fallido objetivo de nuestra salida dominguera. Fuimos mi moza, él y yo. Al llegar allí comprendí por qué no dejan pasar perros, lo que yo creía que era naturaleza salvaje era como una especie de piscina de las que hay en los Resorts estos que están tan de moda. Era una explanada de césped enorme, cortado al milímetro, y rodeada por una valla de piedra, muy común en aquella zona, el río Lozoya estaba lleno de pequeñas presas, o lo que es lo mismo, presillas, que formaban como unas piscinas naturales muy monas ellas. Vamos, que es como acampar en Central Park, pero la verdad es que estaba bonito, todo hay que decirlo, y seguramente volveremos, sin perro ni niño, algún día a comer tranquilamente.

Después de dejarnos con la miel en los labios, volvimos a nuestro lecho de hojarasca y, por fin (gracias, Señor) comenzamos a comer. Allí estuvimos un rato poniéndonos como gorrinos y disfrutando de un merecido descanso después del largo y tortuoso camino. Y digo un rato porque plantamos el culo a eso de las cuatro y pico, y teniendo en cuenta que los cuñaos habían quedado a eso de las siete en casa de los padres de él, y yo quería estar a las ocho en casa para ver el partido, pues al poco de terminar de comer tuvimos que levantar el campamento, que no nos dio tiempo ni a que nos entrara modorra, joder. Así que, ya veis en lo que quedó el día de campo, si es que no trajimos  ni una puta brizna de hierba en los calcetines, coño.

Pero vamos, lo pasamos bien y eso… Fin.

 

Fdo. Luis Gómez.

 
8月28日

Cortos... varios, pero cortos, al fin y al cabo.

Hola, mis fermosos ciber-compis. No, no voy a hablar de gente a la que le falta un hervor, simplemente voy a escribir textos cortos, pero de verdad, ojo, así que no hace falta sacar el colirio del botiquín.

Dicho lo cual… ¡amos pallá!

 

 

Ainssss… esto se acaba, parece que hace dos días que preguntábamos a nuestros conocidos cuando se iban a ir de vacaciones y ya están casi todos de vuelta, que poquito dura lo bueno, aunque como dicen que lo bueno, si breve, dos veces bueno, pues…  eso.

Pero no voy a contar nada sobre playas, chiringuitos y paellas con arena, no; en esta ocasión me dedicaré a hacer un pequeño homenaje a las fiestas de los pueblos, que en estas fechas se celebran por todas partes, es como la gripe.

Independientemente de las fiestas que en ellos se celebren, no soy precisamente un amante de los pueblos, eso está claro, pero tiene que haber de todo, como en botica. La cosa es que el otro día pillé en la tele, por casualidad, un programa de esos de hostias y accidentes en plan zapping que iba de fiestas en las que se utilizaban animales para entretener a otros animales. La que posiblemente sea más famosa es la de los Sanfermines. No me entra en la puta cabeza como puede haber gente que se levanta ex profeso para ver el encierro por la tele, pero en fin, “tiecaber de to”.

¿Me podría explicar alguien qué tiene de maravilloso ponerse a correr delante de una manada de toros? Está más que claro que sobre gustos se hicieron los colores, pero para mí, esa famosísima fiesta no es más que una reunión multitudinaria de borrachos en la que, a primera hora de cada día, hay otra reunión, también multitudinaria, de gente que se expone libremente a que le cornee un toro, divertidísimo, oiga. Luego vienen los lloros y los lamentos porque un toro ha matado a alguien, pues lo siento mucho pero que no se hubiera puesto delante, coño.

Y dentro de lo malo, en esta fiesta no se maltrata físicamente al toro, aunque más tarde los machotes de los toreros se los carguen en la plaza tras torturarles durante veinte minutos. Pero eso sí, “es que el toro de lidia desaparecería si no hubiera corridas de toros”, jodé, pues que desaparezcan, coño, seguirá habiendo otros toros, digo yo. Pero las que le molan a la gente son en las que se les putea de verdad, como cuando había toros embolaos, que afortunadamente se prohibieron hace años. Me pregunto si les parecería igual de divertido si le prendieran fuego a los huevos del alcalde de turno y le soltaran en mitad de la plaza, no te jode. O esa fiesta en la que lanzan una cabra desde el campanario, vamos, la cabra se tiene que estar cagando en todos sus muertos, pero eso sí, como abajo están varios acémilas con una lona para cogerla, pues no hay problema, el animal no sufre daños; el año que viene, lanzamos a tu puta madre y luego le preguntas que qué tal ha ido el vuelo: “pues mira, hijo, hasta que llegué a la puerta de la iglesia, no iba mal”…

También es muy jocoso lo de corretear alrededor de una vaquilla junto al muelle del puerto. La mayoría de las veces el bicho cae al agua y, entonces, con una barca le ayudan a subir a tierra firme de nuevo, para seguir puteándole. Lo más cachondo de todo es que mucha gente dice que no pasa nada, que incluso se refrescan. Si no les hicieran sudar a base de perseguirlos no haría falta refrescarles.

Hay otra estupenda fiesta por ahí en la que creo, no me hagáis mucho caso, que sueltan a un burro por el pueblo, o un toro, o los dos, y les lanzan no sé que tipo de darditos o algo así y se les van clavando por el cuerpo. Como parece ser que estos animalicos tienen la piel dura pues tampoco pasa na, mola verlos disfrazados de Espinete.

¿Y los que van a caballo y le arrancan la cabeza a un pollo que está colgao boca abajo? Menos mal que hace ya tiempo que a los pollos los han matado antes, pero eso es ahora, la fiesta era con pollos vivos, ¡tócate los huevos! Y, hablando de huevos, podrían coger a lo jinetes, sentarles en pelotas en un palo y rodearles de pollos para que les picotearan los cojones. Seguro que la fiesta sería muy popular entre los pollos de la comarca.

También es muy emocionante el hecho de hacer una hoguera y saltarla a lomos de un caballo. Creo que, lo más, para un caballo, es acabar el día con los huevos “churruscaos”, ¡panda gilipollas!, coge en brazos a tu hijo y salta tú la puta hoguera, así os purificáis los dos a la vez, a ver qué tal.

En fin, que hay una gran variedad de animales que se maltratan en las fiestas, da igual. Lo malo es que, parece ser que todo queda justificado con el rollo ese de que “es tradición”. Así que, ya sabéis, en este tipo de fiestas siempre voy a favor de los animales, por lo que, cuando al borrachuzo de turno le ensarta el toro cuan brocheta y le zarandea como a un pelele, lo siento mucho pero, ¡que se joda, así se lo pensará la próxima vez! que si encima se le cepilla el toro, luego son sus seres queridos los que se quedan jodidos por su puta culpa.

 

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¡MECAGONLAPUTAVUELTALCOLE! Diossssss… es que cuando me acuerdo de mi época de estudiante me pongo malo. Estabas tan tranquilo de vacaciones, en pleno agosto y ya estaban dando por culo con los anuncios de El Corte Inglés de la vuelta al cole. Y lo que me reventaba es que, en ellos, salían los niños tan felices con sus carteras y uniformes nuevos… ¡imbéciles!

Yo es que siempre he llevado fatal lo de ir al colegio, el único aliciente que tenía era el volver a encontrarme con los compañeros del año anterior y, todo hay que decirlo, el “aroma” que desprendían los libros nuevos, que en mi caso le duraba casi todo el curso, pero en fin.

Si es que tenía que estar prohibido torturar a los niños de esa manera, joder. Es hoy día y me encabrono cuando veo un anuncio de esos, así que, fijaros cómo me pondría cuando me tocaba de lleno el asunto. Puto colegio… cuando me acuerdo de él, pongo la misma cara que cuando me viene a la cabeza la Mili los cojones… ains.

 

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Joder, a ver si hablando hace un momento de animales, me pilla el toro con lo de la TDT de las narices. Lo estamos dejando pasar con eso tan español de “hay tiempo de sobra” y al final me veo inmerso en el temido “apagón analógico”, que tal y como lo dicen parece que llega el fin del mundo. La putada es que tendré que comprar dos decodificadores porque necesitamos uno para la tele y otra para el vídeo, porque si no, no puedes grabar un canal distinto al que estás viendo. Eso, o ya puestos comprarnos un dvd grabador con TDT incorporado, que ya es una putada porque hay que gastarse más cuartos.

Lo que tengo claro es que, de momento, lo que no vamos a comprar es otra tele, porque la nuestra está perfectamente. No voy a mentir diciendo que no me gustaría comprarme una nueva de esas tan acojonantes con pantalla panorámica, porque hay que reconocer que se ven de puta madre. Parece ser que, al igual que pasó en su día con los vídeos VHS y Beta, al final ganará la partida uno de ellos, y parece ser que se llevará el gato al agua el LCD frente al Plasma. Me da igual, porque de aquí a que la compre a lo mejor ya no hace falta ni tele.

Aunque son de puta madre, hay algo que me jode muchísimo de estos nuevos formatos de pantalla, la gente sale chaparrita. Como todavía no se emite prácticamente nada en panorámico, pues la imagen se ensancha y parece que todo el mundo acaba de terminar las fiestas navideñas. Lo que me jode es que, normalmente, la gente que lo tiene te suelta lo de “te acostumbras” y le quitan importancia. Coño, pues a mí sí me jode que la imagen se deforme, pero claro, como todo me jode… Y puestos a joderme, también me molesta que el noventa por ciento de ellas te venga ya con el puto TDT incorporado ¿y si quiero tener mi propio decodificador, qué? En fin, ya os contare… o no.

 

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Como ya está a la vuelta de la esquina septiembre, las editoriales comienzan a bombardearnos con cientos de colecciones por fascículos. No me voy a meter con ellos por la parte que me toca, porque soy de tendencia “culo veo, culo quiero” y tengo varias cosillas de colección en mi casa, empezando por los cd´s y terminando por mis cochecitos a escala.

Nunca he hecho una colección entera porque, entre otras cosas, nunca me ha interesado el total de la misma, lo que hago es estar al tanto de cómo va tal o cual colección para ir comprándome fascículos sueltos, según me interese el objeto en cuestión.

El tanto por ciento de gente que empieza una colección y la termina debe ser ridículo en comparación con el número de quienes la empiezan a hacer. De hecho, creo que en los primeros números sacan la ganancia de la misma, es acojonante. ¿Os imagináis hacer el Titanic por fascículos? no me jodas, tardan menos en volver a fabricarlo de nuevo a tamaño real.

No me atrevo a decir un número, pero estoy seguro que debe haber cientos de colecciones, desde las, llamémoslas típicas, de casas de muñecas, de métodos para aprender a pintar, libros, figuras de plomo, aviones o punto de cruz, hasta las de los héroes de Marvel, pasando por Carteles metálicos de Coca Cola, encendedores Zippo, construir tu propio telescopio (que manda huevos), o, una que me ha llamado mucho la atención, más que por lo que es en sí, por como la anuncian. Se trata de la colección de novelas de Star Wars (¿?), en la que parece ser que aclaran dudas tan importantes como, atención, ¿cuántos hijos tuvo la Princesa Leia? o ¿consiguió Luke Skywalker restablecer la Orden Jedi? y la más acojonante ¿en qué planeta murió Chewbacca? No sólo no teníamos bastante con el trauma de enterarnos de que Darth Vader era el padre de Luke, sino que también tenemos que saber si los hijos de Leia y Han Solo son unos quinquis estelares o no, esto está degenerando más que la nueva trilogía, coño.

Mientras estaba escribiendo esta entrada, he estado ojeando por la red para enterarme de algunos de los fascículos que están a la venta en el mercado y, pobre de mí, he descubierto que ha salido una colección en Altaya de SEAT, ainsssss… y el primer número es el SEAT 124 de 1968, el cual llevo ¡AÑOS BUSCÁNDO! por lo que me temo, queridos todos, que tendré que comenzar mi peregrinar por los kioscos de Madrid para ver por donde va la colección y comprar los que más me gusten, que, me temo, no van a ser ni uno ni dos. Que La Fuerza me acompañe. Fin.

(Pues al final, va a ser que va a hacer falta colirio…)

 

Fdo. Luis Gómez.

 
7月21日

Los Rodríguez.

Hola, gente de Windows Live, aquí estoy otra vez dándoos la brasa para variar, que para eso tengo el espacio.

Supongo que daréis por hecho que voy a hablar del grupo Los Rodríguez ¿no?, pues no, a pesar de tener un cd de éxitos de ellos, me importan un huevo. Lo que os quiero contar es que estoy “de Rodríguez”, como se suele decir. Siempre me he preguntado de dónde viene esa frase, ¿vosotros, no?. Pues bien, la frase en cuestión comenzó a usarse en los sesenta y setenta por aquello del boom vacacional que provocaba a veces que los “hombres de la casa” se quedaran currando mientras “su señora e hijos” seguían disfrutando de unos días de ocio, quedándose este solo en casa. Lo de llamarle Rodríguez se basa en lo común del apellido, etiquetado como de oficinista o funcionario. Con el tiempo, y con la mala leche y sarcasmo que caracteriza a nuestro humor patrio, también se les conocía con el apelativo de “Putiérrez”. No obstante, de los ochenta en adelante la expresión quedó algo obsoleta y anticuada.

Pero en homenaje a la década que me vio nacer, los sesenta, me consideraré un Rodríguez cualquiera.

Ya sabíais por la entrada anterior, que esta semana teníamos pensado pasarnos por “la sierra”, pero mi moza ha decidido irse a la playa con su hermana aprovechando que iba a pasar allí unos días con sus padres antes de empezar a trabajar, que ya ni se debe acordar cuándo fue el último día que curró, que entre los días libres que acumula por no sé qué hostias, las vacaciones que le corresponden y el permiso de maternidad, no debe acordarse ni del camino del curro, coño. Pero bueno, mejor para ella que puede, es lo que tiene no trabajar en una empresa privada.

Quizá os preguntéis que qué coño hago yo aquí si no estoy trabajando y puedo ir y venir cuando quiera, ¿no?. La respuesta es sencilla, mi concepto de relax es incompatible con su sobrinito y mis suegros, yo soy más de “calma total” y de “me quito el reloj y me lo pongo cuando volvamos a casa”, me explico ¿verdad?, pues eso. Además, que aunque yo quiero mucho a mi moza, la echo mucho de menos y todo eso, ¡unos días solito vienen de puta madre!, y quien diga lo contrario está mintiendo, a fin de cuentas, a todos nos viene muy bien estar con nosotros mismos alguna vez que otra.

El caso es que, la imagen que tenemos de los “Rodríguez” es un tanto desastrosa. Afortunadamente, lo primero que se piensa de alguien cuando se queda en esta temporal situación no es que va a aprovechar su “libertad” para verse con su “querida” (palabra esta de generaciones anteriores que me hace mucha gracia). Lo que se suele pensar es que “va a estar diez días comiendo precocinados y dejando la casa como un patatal”, puesto que se da por hecho que el hombre (porque me refiero sólo a hombres) es absolutamente inútil con las tareas del hogar, desde pasar un aspirador hasta meter los platos sucios en el lavavajillas, ya no digo ponerlo a funcionar. Por muy moderna que se crea esta sociedad, los inútiles y los tópicos están ahí, y me temo que no se irán ni frotando con el Cillit Bang ese de los cojones. De verdad que compadezco a las “señoras” de estos elementos, porque la vuelta a casa debe ser como la vuelta al cole, una putada de cojones.

En cambio, la joía de mi moza se va más tranquila que un maestro Zen. Sabe que la casa seguirá en perfecto estado y que, seguramente, el día que vuelva se encontrará con una rica cena esperándola para recuperarse del viaje, ¡para que luego no me deje comprar una tele nueva, coño!

Pero esta vez, casi se encuentra con una sorpresa. Hace unos días empezó a salir agua del calentador en plan aspersor de riego, pero nos dimos cuenta en seguida y cerramos el agua caliente, cortándose así el chorro. Ojeé el calentador y observé que salía de una llavecita, la apreté y dejó de salir agua, aunque también es verdad que de vez en cuando salía alguna gotita, pero como caía en la pila pues no le dimos mayor importancia. ¿Y qué se dice en estos casos? pues lo típico, -hay que llamar al del calentador para que venga a verlo, no sea que la liemos-, ¿habéis llamado alguno de vosotros?, pues eso.

El caso es que el lunes por la mañana vino mi cuñá a buscarla y se las piró. Metió sus cosas en el coche, besito de despedida como si se fuera a Afganistán y, hala, carretera y manta.

Como no nos fiamos del calentador, cuando no se está usando el agua caliente cerramos la llave y listo. Pero esta mañana, ¡oh, Dios!, se me ha olvidado. He salido tan tranquilo a comprar, que si algo de fruta, que si pollo, me he pasado por el INEM a ver si se han equivocado y hay alguna oferta de trabajo… lo normal, vamos. Habré estado fuera de casa aproximadamente tres cuartos de hora, na, un momento, vaya.

Yo tan tranquilito con mis bolsas y mi no empleo, abro la puerta sin prisas, veo a Lola con cara de poseída mirando a la cocina y escucho un FSSSSSSSSH! extrañísimo.  Miro a la gata y le digo to simpático, -¿qué pasa, has visto a Elvis o es que…? ¡¡¡HOSTIA PUTA, EL CALENTADOR!!! Suelto las bolsas de golpe, sin pensar en lo que llevaba dentro y, chapoteando cuan mariscador en la costa gallega, entro corriendo en la cocina y cierro la puta llave del agua caliente… Me quedo en medio, ahí quieto, con cara de gilipollas y empiezo a sentirme como Jesús caminado sobre las aguas ¡¡¡hasta el salón que ha llegado el tsunami los huevos!!! Por cierto, dada la forma del melón, es capaz de rodar pasillo adelante y esconderse en una habitación, lo digo por si un día decidís darle rienda suelta a alguno en casa. Bien, dicho esto, seguiré con mi “desventura rodriguera”. Una vez pasados los primeros segundos de shock he reaccionado cuan marine en pleno desembarco y ¡¡¡joder, el parquet!!!, salgo corriendo de la cocina, entro en el salón y ¡¡¡hostia, los enchufes!!!. Entonces, me ha dado por pensar y “coño, a ver si me voy a electrocutar”, he apagado el automático y he comprobado que, por suerte, no había llegado el agua a tocar nada eléctrico. No es que cubriera, lo que pasa es que tenemos un ladrón de esos con varios enchufes entre el sofá y una mesita para enchufar los cargadores, una lámpara y lo que se tercie y, claro, está en el suelo.

Sin ponerme “de casa”, he cogido la fregona y me he puesto a recoger agua como un descosío. Lo primero que he hecho ha sido recoger la de la entrada y la del salón, que menos mal que no ha pasado nada y el parquet está bien. Luego, en la cocina, me he tirado como hora y media achicando agua. He sacado el frigorífico y he quitado todos los embellecedores de las patas de los muebles de la cocina para poder meter la fregona, pero nada, al final he tenido que sacar también el lavavajillas.

Resulta que, la puerta del mamón ese, estaba un poco abierta, por lo que todo el agua que caía en la encimera iba cayendo en plan cascada dentro del mismo, cosa de la que, lógicamente, no me he percatado. Ya tenía casi todo seco y sólo me faltaba darle al mocho en el hueco del lavavajillas, lo he abierto un poco para así poder agarrarlo desde dentro y tirar hacia fuera más cómodamente y CHOOOFFFF! todo el agua que se había colado dentro me la he vertido en los pies, además de poner otra vez la cocina de puta madre, claro. No voy a escribir lo que he soltado por mi boca porque me cierran el blog, seguro. El caso es que no podía moverlo porque cada vez que lo hacía salía agua, ¿qué he hecho? pues ir sacando agua de dentro con un cazo como un imbécil y bajo la atenta mirada de Lola, que se estaría preguntando que cómo era posible haber sobrevivido tantos años en esta casa.

Al final ha quedado todo sequito y las aguas han vuelto a su cauce, nunca mejor dicho. Y como todo lo malo tiene un lado positivo, o eso dicen, pues he quitado toda la mierda que se acumula debajo de los muebles, que se va dejando, dejando y acaba creando su propio ecosistema. Fin.

 

Fdo. Luis Gómez.

 
 

¿"Meseoye", oiga?

Obra maestra

 

Guat taim isit?